RELATOS CORTOS

ABUELOS

Capítulo 1. Antonio. Pensamientos y sueños

¡El autobús va tan rápido!…

– ¡María! ¿Estás bien? Ven, quédate a mi lado. Ten cuidado, no te vayas a caer. Quisiera comentarte una cosa: es mejor que lo que dijimos de hacer hoy, lo hagamos mañana. Yo me encuentro muy cansado hoy, ¿vale? ¡Ay! Este autobús va demasiado rápido, ¿María? ¿Me escuchas? ¿Dónde estás?

– Antonio, ya voy –María, con un peinado a la antigua usanza y teñido de color castaño, a sus ochenta y cinco, corre hacia el salón– Antonio, ¿qué quieres hijo mío?

– El chófer conduce muy rápido, te lo digo yo, es mejor que te sientes aquí.

– Bueno, bueno. No te preocupes, yo me voy para la cocina. Antonio, es que tengo que hacer la comida y no me puedo parar. De verdad.

¡Bah! Esta mujer siempre igual. Se piensa que estoy loco. Cualquier día de estos me voy a ir. No, si es que… Toda la vida aguantando órdenes y encima a uno no le toman enserio. ¿Qué será eso que viene por allí? ¿Un perro? Este hombre, como corra más, lo va a atropellar. ¡Venga, perro, quítate de ahí! Hoy me duelen las piernas, no sé qué pasa, no me puedo levantar bien. Vaya por Dios… Tendré que esperar hasta mañana, aunque, claro, yo tenía pensado ir al centro hoy a comprar los cupones. Será mejor que coja el coche.

– ¡María! ¿Dónde están las llaves de casa? ¿Y las del coche? Que me tengo que ir un momentito… Esta mujer nunca me escucha, no sé qué estará haciendo, si es que este auto… (Ronquidos).

Las taquillas de la estación de tren estaban llenas de gente. Al fondo, la oficina del inspector jefe. Antonio, que ocupa ese cargo, mira papeles y escribe mientras pone orden en su mesa. Llaman a la puerta.

-¿Sí? ¡Pasa! – Inspector, me han dicho que ha habido un problema con las cuentas de esta semana.

– Sí. No cuadran, habrá que averiguar quién ha metido la mano, esto no puede ser.

– Sí, inspector.

– Llevas sólo una semana, ¿no?

-Sí, me incorporé el lunes.

– Bien. Llámame Antonio mejor. ¿De acuerdo? Y ahora voy a salir a ver cómo están las cosas.

Antonio anda de un lado para otro, de la cafetería a las vías y de las vías a las oficinas. Todo en orden, pensó. Pero justo en ese mismo momento, una mano toca su hombro y entonces se da media vuelta y toda la estación empieza a desvanecerse en la oscuridad, desaparece y…

– Antonio, perdona que le despierte pero tengo que cambiarle el pañal, lleva con él muchas horas, desde esta mañana y dentro de nada vamos a comer.

– ¿Qué pañal?

– El que le puse esta mañana, ¿se acuerda?

– Aquí hay mucha gente, no puedo cambiarme.

– Si lo prefiere le cambio en el cuarto.

– Será mejor.

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