Crónica de una noche inesperada. ¿Qué fue de las cantautoras?

marina rusell
Ilustración de Celia Asencio Bonilla

Y llegó uno de esos días que por causalidad te cambia la perspectiva de las cosas, que piensas: ¡cuánto me he perdido! Y ¡zas!, llegó Luis Pastor a mi vida como un rayo de luz en mitad de las tinieblas de la incertidumbre. Si me pongo poética, perdónenme el atrevimiento, pero me sale la vena sin querer. Así que recapitulando, llegó un fin de semana cualquiera, no hace mucho, en el que me decidí a visitar a mis padres. Sabía que me querían llevar a un concierto íntimo que organizaba el ayuntamiento, de un tal Luis Pastor, ¡ah! Luis Pastor, pensé. Entonces, llegamos a aquel sitio celestial, los Claustros de Santo Domingo, donde se celebraba el dicho acto, un edificio antiguo, con patio central y columnas románicas, que colinda con una de las iglesias más antiguas de la ciudad. De entrada, la cita comenzaba a ser mágica, claro. Entonces, nos sentamos. Luis Pastor y Lourdes Guerra entraron poco después, silenciosos, a pasos cortos, cantando para nosotros. Mirándonos a los ojos. Borra de mí esta tristeza,  de lluvia tras los cristales, de lágrima que no sabe, donde nace su dolor… Cantaban. Aquellas voces retumbaban en las paredes de aquel magnífico espacio como si se trataran de coros celestiales. Sólo voces, guitarras, ukelele, y pasión. Una oda a la libertad, a la poesía, a la metáfora, a la vida misma como parte de la literatura y verso, o como el verso parte de la vida. Me sentí de verdad carne y hueso sintiendo piel a piel florecer los cánticos de un cantautor que lo decía todo en sus canciones, toda una vida llena de apuestas y luchas, sin huidas ni lamentos.

Entonces, nos habló de su infancia, del hambre, de la emigración de los españolitos a las grandes ciudades en una era llena de sangre y marcas, de una dictadura que poco tenía que ver con nada, con un caudillo que pregonaba todo para el pueblo pero sin el pueblo,  y con un Luís Pastor llegando a Vallecas en mitad del caos, sobreviviendo a la penuria y a los desencuentros de la época franquista. Así, poco después de que su familia dejara su tierra natal, Extremadura, para buscar un futuro mejor llamando a las puertas de la capital, decidió darse a los poetas, a la música en verso y a la lucha de clases, así como a entregar su voz a los anhelos de una España rota, marchitada y podrida. Y entonces, absorbida por aquellas palabras, aquellas melodías y aquella verdad encerrada, Luis Pastor habló de su último disco, de cómo se habían perdido, en la línea fugaz del tiempo, los deseos de una democracia sincera, de cómo la transición les robó, en aquel momento, toda esperanza de cambio real, de la revolución por la que tanto se habían saltado las reglas del juego, y dijo: ¿qué fue de los cantautores? Título de su último disco. Me quedé tan pensativa que no fui capaz de vislumbrar una respuesta, realmente no sabía qué había sido de los cantautores; en general, nunca me había hecho esa pregunta, que para mí gusto, es de especial relevancia, pues dicta mucho de esta nueva época, pero, lo peor, nunca me había preguntado qué fue de las cantautoras.

Segura de que podía disponer de bastante información en la red sobre la música protesta de la transición, cuando hacía búsquedas generales en el buscador como: “cantautoras españolas de los setenta”, para mi descontento, no aparecía prácticamente nada. Buscaba y buscaba y sólo si sabía los nombres y las buscaba una por una obtenía la información que quería.

Hablamos, a la salida, de Serrat, del mismo Luis Pastor, de Paco Ibáñez, de Victor Manuel, de Aute, de Krahe, de Albert Plá… Y pensé: vaya, pero, ¿y las cantautoras? Ninguno de los que estábamos presentes en la conversación aportábamos nombres de mujeres. Hablamos de lo maltratado que han estado, en su mayoría, los cantautores de la transición, que pocos palos se llevaron por defender otra España lejos de los dictámenes del caudillo, en tiempos de nodo y muerte. El que más, Luis Pastor. Hablamos, así, del poco reconocimiento de su carrera en general, y sobre todo, para nuestra decepción, por parte de las cúpulas de la izquierda de este país. Si a esto le añadimos la condición de ser mujer y lo despreciadas que hemos estado en la cultura,  ¿con qué nos quedamos? Pocos días después, en casa, con el runrún, me dispuse a escribir sobre el tema. Segura de que podía disponer de bastante información en la red sobre la música protesta de la transición, cuando hacía búsquedas generales en el buscador como: “cantautoras españolas de los setenta”, para mi descontento, no aparecía prácticamente nada. Buscaba y buscaba y sólo si sabía los nombres y las buscaba una por una obtenía la información que quería. Sin embargo, si escribes en el buscador: “cantautores de los setenta”, aparecerá una lista con muchos de los que fueron una referencia entonces. Por lo que, ahora sí, formulo de nuevo la pregunta: ¿qué fueron de cantautoras como Rosa León, María del Mar Bonet, Cecilia, Marina Rosell o Elisa Serna entre otras? Han quedado olvidadas y relegadas a un segundo plano, ignorándolas en nuestra memoria de cuajo, ignorando aquellas voces que cayeron serenas y fuertes en un tiempo donde todo estaba teñido de gris y de censura; despreciando que alzaron, por fin, después de tanto silencio y de oscuras noches de tormento, su canto de libertad.

Así es como tratamos a nuestras referentes intelectuales mujeres de todos los espectros: poetas, escritoras, cantantes, pintoras, actrices, directoras… Y es que ¿cuántos nombres vienen a nuestra cabeza? ¿Cuántos? Todavía recuerdo cuando escuché por primera vez a Marina Rosell a capela interpretando `Si me quieres escribir´, con su voz dulce de adulta, o cuando descubrí a Elena Serna y su canción social, con su guitarra a los cuatro vientos, o a Rosa León cantando a Aute con ese sentir que la caracteriza. La pregunta es: ¿había pocas cantautoras? ¿O es que veníamos de una sociedad de represión total, especialmente, hacia la mujer donde su mayor sueño debía construirse en torno a su papel de buena esposa y madre? ¿Había pocas mujeres que cantaban a la libertad y a la democracia o, sencillamente, no se les permitía opinar en un mundo gobernado por hombres? ¿Qué viene antes, pues, el huevo o la gallina?

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