¿Generación perdida? Mejor digan generación explotada. Crónica de lo cotidiano.

crónica de un día cualquiera
Ilustración de Celia Asencio Bonilla

Son las siete y media y me suena el despertador. Qué tempranito, me digo. Después pienso en la de miles de personas que se levantan mucho antes que yo para poder llegar a sus trabajos. Tráfico, horas extra, cansancio… Y entonces, es cuando pienso que no puedo quejarme porque en ese momento me encuentro en bata, con un café calentito y el trabajo llamándome en mi propia casa, sin tener que recorrer kilómetros ni madrugar antes de que el lorenzo haya salido. Abro la ventana para ventilar, el sol está saliendo despacio, claro que en Andalucía el bueno tiempo acompaña siempre y el aire fresco también. ¿A quién no le gusta? Algunas veces enciendo la radio para que me acompañe mientras me preparo todos los avíos del desayuno, pero otras me siento tan agotada que prefiero meditar y pensar cómo va a ser mi día y qué espero de él.

Reflexiono mirando a la pared, punto fijo. Me doy cuenta de que muchos días empiezo el día cansada, no es cansancio físico, soy consciente de que es mental y de que ese cansancio ni siquiera para mi actividad, aunque sí me consume en muchos momentos.  Pero no lo entiendo, me respondo. ¿Cansancio? Si lo tengo todo, de qué me voy a quejar, ¿estoy loca? ¡Seré egoísta!, me digo. Y es cuando bajo al estudio, saco toda la energía, enciendo el ordenador y empiezo a organizar mi jornada de trabajo y proyectos profesionales y personales que estoy desarrollando. No quiero perder ni un minuto, tengo que estar conectada, activa, proactiva, con buen ritmo, que no se me pase ni una, atenta, positiva, energética… ¡Basta!, grita mi voz interior. Es el justo momento en el que pongo los pies en la tierra y me siento abatida. Abatida de la precariedad, porque como decía aquel maravillo artículo del periodista Raúl Solís, la precariedad duele, y duele mucho. Me siento abatida de este mundo que arrastra molinos de pobreza, mientras las grandes fortunas siguen llenándose los bolsillos. El problema no es cómo me sienta yo, el problema es lo que nos han querido vender: ahora todos los jóvenes debemos ser emprendedores, autoempleados, y no podemos quejarnos, claro, porque lo tenemos todo, todo el esfuerzo va a dar su fruto, me dicen una y otra vez, por lo que debemos estar siempre positivos, nunca negativos… Y así, una y otra vez, una y otra vez…

Una y otra vez.

Pero la verdad sí que duele, y lo que duele es que mienten. Las llamadas economías colaborativas, esa llamada a que seamos autónomos para ser nuestro propio jefe, no depender de nadie y colaborar con otros proyectos, son un fraude. En la mayoría de los casos, no siempre, faltaría más. Pero no podemos obviar esto que está pasando, porque este mundo está evolucionando a algo que no me gusta qué forma empieza a tomar y cómo nos deja a esta generación que nos llaman perdida, ¿perdida yo? Y les voy a decir porqué son un fraude: en primer lugar, no es colaboración, es explotación. Todas estas plataformas surgidas de una economía fuertemente neoliberal, como Glovo, son un varapalo más a los trabajadores, a esta generación que quiere trabajar y que de perdida tiene poco. Los falsos autónomos, que ni siquiera pueden ponerse sus horarios y están obligados a cumplir con unas exigencias laborales, en efecto, no trabajan como colaboradores, son personas buscándose la vida para poder comer, fin de la historia. No están colaborando, están trabajando, y en unas condiciones precarias, bajo un lema hipócrita. En una empresa explotadora, que les importa un rábano sus trabajadores. Tuvo que venir el PSOE, que miren ustedes que yo hace tiempo que les perdí la credibilidad, para meterle mano a este cotarro nefasto, ya que el Partido Popular en sus ocho años no ha sido más que fiel cliente y confidente de este tipo de empresas.

Otro gran ejemplo ha sido el de las espartanas de Coca-cola, que tras cuatro años de lucha intensa, acampadas, turnos, presiones, miseria, con su fuerza conjunta, su organización y su esfuerzo han vencido, Coca-cola no sólo tiene que readmitir a sus parejas, sino que tienen que darles las mismas condiciones con las que empezaron

La cuestión es… ¿Se puede luchar? Se puede, siempre y cuando nos organicemos en la lucha y tengamos conciencia de clase trabajadora. El fallo contra Glovo no fue de causalidad, uno de sus trabajadores denunció y se armó de la mejor compañía para ganarle a una empresa que, en principio, tenía las de ganar, ya que el resurgimiento de este tipo de figuras no estaban contempladas como tal en la ley, un vacío que teníamos que llenar con la reflexión y las herramientas adecuadas tarde o temprano. Otro gran ejemplo ha sido el de las espartanas de Coca-cola, que tras cuatro años de lucha intensa, acampadas, turnos, presiones, miseria, con su fuerza conjunta, su organización y su esfuerzo han vencido, Coca-cola no sólo tiene que readmitir a sus parejas, sino que tienen que darles las mismas condiciones con las que empezaron. ¿El instrumento principal de la lucha de estas mujeres insaciables? El boicot. Decía una de ellas el otro día en Carne Cruda que no sólo votamos cada cuatro años, votamos también con lo que compramos, como consumidores potenciales, elegimos.

Por supuesto, yo entro al trapo en todo los fregados. Hace tiempo que decidí que con mi dinero no, no más explotación, quiero un consumo responsable, justo y consciente. Y esto también quita parte de mi tiempo, es evidente, porque mi compra se ha transformado radicalmente, es lucha, es política, desde lo que como hasta lo que llevo puesto. Y pongo otro ejemplo: Amazon. Ayer leí que Jeff Bezos, su fundador, es el hombre más rico del Planeta. Sí, señor, pero sus trabajadores aún siguen en huelga, la sexta va ya, porque sus condiciones son precarias, míseras y no hay derecho mientras este señor se llena la cartera sin ningún tipo de remordimientos. Y que nos quede claro, él se ha forrado precisamente a costa de todo esto, de pisotear derechos laborales.

Ya no compro más a través de Amazon, me repito en voz alta indignada. ¡Qué no!

Y podríamos seguir hablando de más compañeros que están en las mismas, como los que trabajan en Alcoa (la empresa de aluminio), que antes era una empresa estatal, pública, vendida por Aznar a sus amigotes los del capital, que además, no han parado de pedir subvenciones públicas todo este tiempo para mantenerla pese a generar 180 millones de euros de beneficios. Pero no es suficiente, como todas, han deslocalizado la producción, han visto que se puede ganar incluso más, y ya no les compensa producir aquí. Miles de personas a la calle, así sin más.

El neoliberalismo ha ganado, porque nos ha desarticulado a los trabajadores, cada vez estamos menos organizados, ya que no tenemos muchos un contrato con responsabilidad por parte del contratante, y, además, somos vulnerables, tenemos miedo de que nos desconecten del círculo laboral, por si caemos en el olvido y dejamos de ser valorados como mercancías

Y mientras tanto, los demás, los que somos autónomos porque tenemos el futuro a nuestros pies, sí, vendiendo nuestra marca continuamente, buscando que compren nuestra capacidad de trabajo, haciéndonos proactivos 24 horas, no vaya a ser, pero eso sí, cobrando una miseria y sin quejarnos, que hay otros que se mueren en el mar en el intento de venir al paraíso europeo. Hablemos claro: el neoliberalismo ha ganado, porque nos ha desarticulado a los trabajadores, cada vez estamos menos organizados, ya que no tenemos muchos un contrato con responsabilidad por parte del contratante, y, además, somos vulnerables, tenemos miedo de que nos desconecten del círculo laboral, por si caemos en el olvido y dejamos de ser valorados como mercancías.

Así que paren de decir mentiras. No somos la generación perdida, somos la generación explotada, que tenemos que sonreír contra viento y marea, que tenemos que creernos que todo se puede si uno quiere, pero, eso sí, si no lo consigues, fracasas. Y si fracasas, mueres de precariedad, o mejor dicho, sobrevives a base de unas migajas. Basta ya, basta de decir que tenemos que estar continuamente positivos, porque la precariedad y el miedo no sólo duelen, también se clavan, nos acorrala. Lo que deberían de animarnos es a organizarnos como trabajadores, a ser responsables con lo que consumimos, a luchar contra las injusticias, a colaborar pero con otros trabajadores, a tener conciencia de clase. Porque, entonces, así, sí se puede, claro que se puede.

A la vista están los resultados.

 

 

 

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