Salvajes

Colaboración de Gonzalo Martín Vázquez, neurobiólogo y físico sevillano con especial pluma y sensibilidad, que nos trae un precioso seudopoema en prosa sobre el amor, la pasión, los recuerdos y el tormento del pasado, sobre aquello que se marcha que ya mas nunca volverá.

Poema Gonzo, Salvajes
Ilustración de Celia Asencio Bonilla

Salvaje, como esta penetrante oscuridad de mi habitación en la madrugada, como las llamas que te envolvían aquella noche interminable en que nos conocimos de verdad, aquella sofocante noche de estío sevillana.

Salvaje, como la llama de esta cerilla que arde, tremolando entre mis dedos, danzante, tu recuerdo proyectado en las sombras trémulas de la habitación.

Porque eres fuego.

Pronto, el suave crepitar de la madera torna en fragor y el espeso humo narcotiza mi consciencia y la transporta al pasado, a un presente paralelo y a un futuro ansiado. Y mi piel se camufla, salvaje, para tu encuentro, cubriéndose de pelaje; y mis estúpidas proposiciones lógicas se transforman en aullidos furibundos que desgarran la noche, que ya no postulan nada salvo tu mera existencia.

Y allí estás tú, salvaje, libre, indómita; rodeada de seres que te acechan, seres grises que confundo con la niebla, porque ya no me importa nada excepto tu sola presencia. Mientras, tú surcas la noche cerrada con vuelo agresivo, porque eres un águila y te deslizas por los tejados con un sensual caminar.

Porque ahora eres una gata, porque siempre fuiste un licántropo y puedes ser lo que te dé la gana.

La llama es ahora fuego líquido que fluye por mis venas e inflama las calles irreales de este sueño. Pero ya no aúllo a tu ventana esperando tus caricias; instintivamente, lanzo mis colmillos al aire, y los hiendo en los cuellos de esos seres, que se deshacen, como ceniza, en una tímida brasa.

Una música suena, bella e imposible, en un tocadiscos lejano, que bien pudiera haber estado sonando desde aquella primera noche, o quizás desde nuestro propio nacimiento. Tus salvajes ojos incandescentes me abrasan las pupilas y casi siento que me evaporo; que vuelvo a ser real porque me has mirado.

Me abalanzo sobre ti, nos fundimos, y el mundo se convierte en una inmensa roca ígnea.

Pero ahora estamos suspendidos en el vacío del espacio exterior, rojizo y asfixiante; abandonamos nuestras formas corpóreas transfigurándonos en una bestia de dos espaldas, que suda y se retuerce en un éxtasis sideral.

La catarsis llega, como una furia salvaje que arde en mis adentros.

Y me desbordo en ti, y tú te desbordas en mí.

Todo se desintegra, y el blanco, la cegadora luz blanquísima de aquella llama, lo inunda todo;  nos deshacemos en infinitos universos, hasta no ser más que polvo cósmico errante en que somos uno y somos todo, hasta que no nos ata nada, y somos libres para reconstruir la realidad a nuestro antojo, como nos venga en gana.

Ya aúllo, pero no es más que una suave imprecación, cuando siento que mi piel vuelve a estar desnuda, que todo fue un sueño, que tú ya no estás, que mi furia no es más que un cobarde y pusilánime berrinche, que ya no sé ni quién ni cuándo soy, que nada es de verdad; que estoy en la misma habitación, a oscuras, y que la cerilla ya se consumió entre mis dedos y solo queda la cicatriz de una quemadura.

Otra de tantas que recubren mi piel.

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