Historias de El Salvador. “Aún hay mucha violencia, yo tuve que huir de allá porque casi me matan”.

También publicado en el digital lafronterahoy.com

 

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Fotografía de Celia Asencio Bonilla

Son las cinco de la tarde y Triana ya está hasta arriba de guiris en sus terrazas. El bullicio, el tránsito de gente entrando y saliendo, el paisaje y el buen tiempo hacen un escenario perfecto de este rincón del planeta. Llega Óscar y se sienta en el bar donde nos habíamos citado, allá en el Altozano. Se pide un americano, a pesar del calor, no se pierden las buenas costumbres del cafelito a media tarde. “Soy Óscar Díaz Morataya, soy salvadoreño, tengo veintitrés años y llevo acá en Sevilla ocho meses. Mi vida en El Salvador se basaba principalmente en dos cosas: trabajar y hacer deporte”, se presenta cuando me ve encendiendo la grabadora y sacando mis apuntes. Efectivamente, Óscar es de El Salvador y a su corta edad ya ha experimentado la dureza de la vida, cómo uno puede cargar a sus espaldas una mochila llena de pesos que se nos clavan en la carne hasta llegar a el alma. Hoy está aquí para contarnos qué pasó y cómo pasó, porque estas historias nos hacen recobrar conciencia de muchísimas cosas, de que el pasado sigue vivo y de que la memoria no se borra, se supera para hacernos fuertes. “Parece que no, pero para entender mucho de lo que te voy a contar, nos tenemos que remontar al siglo XVI”, explica. “En El Salvador hay veinte familias que tienen los medios de producción, nada más, el resto son mayoritariamente pobres. Es cierto que existe una clase trabajadora que puede vivir sin complicaciones, tampoco con grandes lujos, pero que tiene algo más, lo que podemos llamar clase media entrecomillas. Esta última se compone por un porcentaje mínimo, yo mismo, por ejemplo, vengo de ahí”.

 Y es que El Salvador ha sido uno de los tantos países de Centroamérica azotado por la desigualdad y la tiranía de una clase rica que impone por encima de todas las cosas a través de del soborno, de la delincuencia y del apoyo internacional de países como EEUU.  “Estas familias de las que te hablo son descendientes directos de terratenientes españoles que llegaron aquí en la época colonialista. Generaciones y generaciones de poder hasta hoy en día, siglo XXI”. La época colonialista hegemónica europea pasó en el siglo VXIII, con su declive inevitable, a manos de EEUU que ya apuntaba a ser la potencia mundial. Lo que se traduce en que, efectivamente, todo lo que la historia en el siglo XVI marcó a su paso repercute directamente en la desestructuración de centro y sur del continente americano, ya que la imposición de un poder extranjero, de un Estado invasor, aún continúa. De hecho, no podemos olvidar la `Doctrina Monroe´ de 1823, donde EEUU establece supuestamente un “América para los americanos” y la no intervención de los Estados europeos pero que sólo sirvió para beneficiar los intereses económicos, como es sabido, de los estadounidenses. Sí, la letra pequeña del texto fue el precedente para marcar lo que vino a ser después las relaciones internacionales de EEUU con América Latina: cualquier intervención en cualquier parte de América, iba a ser visto como un peligro para los intereses de los Estados Unidos, hasta tal punto que se aprueba, así, en tales circunstancias una respuesta inmediata y contundente. Para que nos entendamos, esta doctrina fue el pretexto para que EEUU se apoyara en las burguesías nacionales de cada país y de las Fuerzas Armadas e impedir cualquier atisbo de revolución con la excusa de salvaguardar los intereses nacionales y luchar contra un opresor común, que en aquel momento era la Europa colonialista.

“Desde el siglo XIX hasta la década de los ochenta, los gobiernos en El Salvador han sido militares, militares de descendientes españoles por cierto. En los cincuenta, se abrió un proceso de votaciones, pero que realmente estuvo bien controlado por el poder fáctico”

“De esas veinte familias, cinco de ellas son familia, es decir, primos de primos y así sucesivamente. Lo tienen todo: el grupo POM controlan el sector industrial de construcción; luego está la familia Siman, que tienen el sector comercial y parte del sector industrial; la familia Bukele, que controla también el sector industrial, son comerciantes de motores y dueños de la franquicia de Yamaha en El Salvador y que ahora, por cierto, el cabeza de la familia se ha presentado a la candidatura del Gobierno; la familia Callejas, dueños de la cadena de supermercados más famosos del país y, ahora, su presidente también candidato a las elecciones; y la familia Regalado Dueñas, que controlan los recursos naturales”, aclara Óscar. “Desde el siglo XIX hasta la década de los ochenta, los gobiernos en El Salvador han sido militares, militares de descendientes españoles por cierto. En los cincuenta, se abrió un proceso de votaciones, pero que realmente estuvo bien controlado por el poder fáctico (es decir, las mismas manos) por lo que siempre ganaba el partido de los militares. La gente no tuvo elección a pesar de los numerosos intentos, por lo que la opción final fue la lucha armada, como ha pasado en tantos países latinoamericanos”.

El problema es lo que subyace detrás del marketing y de la propaganda, ya que, como comentábamos anteriormente, EEUU, en su larga trayectoria imperialista, estuvo financiado durante décadas a estos grupos de poder del sector militar, (no sólo en El Salvador, también pasó en Chile, entre otros muchos) marcando un intervencionismo severo para el control de los grandes recursos naturales que tiene la zona. Según el artículo El imperialismo estadounidense en Latinoamérica, de Gustavo Illescas, basado en el libro Hegemonía e imperio del intelectual Alfredo Toro Hardy, antes de la Segunda Guerra Mundial ya Estados Unidos marcó su posición al invadir treinta y cuatro veces la cuenca del Caribe e imponer su sistema de mercado y convertirse así en el primer benefactor. Así como también explica que, después de la IIGM, “se inicia los regímenes políticos nacional-populistas como producto del desarrollismo de Estado”. Justamente lo cuenta Óscar cuando habla de después de la década los ochenta: “La guerra civil que hubo en El Salvador, cuando se inició la lucha armada para derrocar la dictadura militar, duró diez años. Paró cuando el FMLN, Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, pactó con el Gobierno para que se cesara el fuego. Estaban muriendo miles de personas inocentes. Esto provocó que nacieran dos partidos, el propio FMLN, formado por los guerrilleros, y el partido de extrema derecha llamado Arenas, Alianza Republicana Nacionalista, los sucesores de los militares. De hecho, su presidente fue Mayor Dabuisson, el mismo que mandó que se asesinara al jesuita monseñor Romero”.

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Fotografía de Celia Asencio Bonilla

Curiosamente, en otro artículo de El País publicado en 1981 por Ignacio Ellacuria, llamado La intervención norteamericana en El Salvador, habla de cómo este jesuita pidió la no ayuda militar de EEUU en el conflicto interno del país, ya que consideraba que se iba a seguir poniendo en peligro la vida de miles de personas al haber una intervención directa extranjera, que no iba a velar por las necesidades de su gente y donde miles de inocentes morirían ante tales circunstancias. “Monseñor Romero era llamado la voz de los sin voz. Él criticaba en cada homilía al partido Arenas, ya que estaba muriendo gente civil a mansalva. ¿Por qué? Pues porque ellos cuando consideraban que una ciudad tenía frente guerrillero, aniquilaban a la ciudad entera, incluidos niños y niñas. Es muy famoso el genocidio de El Mozote, un conjunto de masacres acometidos por las Fuerzas Armadas de El Salvador del momento, cuyas armas estaban provisionadas directamente por Estados Unidos”.

En la actualidad, las grandes familias de poder controlan también las empresas de seguridad de todo el país. Se sabe, según Óscar, que las maras son financiadas por estas mismas empresas de seguridad con la intención de no perder su nicho de mercado, además de los intereses en juego imperialistas que hay detrás, intereses de control de los recursos naturales.  Hay una situación de inseguridad que casi puede decirse que el país sigue en guerra civil, guerra interior, una guerra sucia de la que nadie habla porque, sencillamente, no interesa.

 “Me iban bien las cosas, acabé mis estudios de marketing y me puse a trabajar como comercial de medicamentos, iba a las parafarmacias, a los médicos, y por eso me compré un coche, para llevar mis cajas. Al ver ellos que me había comprado un auto, enseguida comenzaron las amenazas”

Los servicios públicos son deficientes, no hay un modelo de país, no hay una estructura, no hay políticas para el ciudadano. “Aún hay mucha violencia, yo tuve que huir de allá porque casi me matan. Me iban bien las cosas, acabé mis estudios de marketing y me puse a trabajar como comercial de medicamentos, iba a las parafarmacias, a los médicos, y por eso me compré un coche, para llevar mis cajas. Al ver ellos que me había comprado un auto, enseguida comenzaron las amenazas”, explica. El Salvador, así como otros países de la zona, sigue siendo de los países más violentos del mundo. Se vive en continuo estado de excepción, aunque no sea lo que se vocifera hacia las afueras. Las maras tienen todo un sistema organizado, todas tienen su póster, es decir, una persona que vigila qué cambios hay en el barrio, qué hacen los vecinos, quién entra con dinero y quién no. “Un día llegué a mi casa después de trabajar, a la noche. De repente, me sale un chico, uno de los mensajeros de la mara, con una pistola, me dice que me habían estado observando, que sabían que me había comprado un auto y que por tanto tenía que entregarles quinientos dólares al final de la semana o de lo contrario me podía pasar algo. Pasó cuatro veces más, la última vez yo no tenía cómo darles, así que me fui a la otra provincia, a Santa Tecla, para no correr peligro ni yo ni mi familia. Pero me siguen porque ellos están conectados incluso entre provincias. Me volvieron a amenazar”, cuenta allí sentado en el murete de la calle Betis, mirando al horizonte, con serenidad, con perspectiva. Y sigue: “Hablé, así, con mis jefes para que me pagaran cuanto antes y para comunicarles que me tenía que ir del país, vendí el auto también, me compré de un día para otro un billete y me fui. Pensaba que me tenía que ir cuanto más lejos, mejor. Y aquí estoy, en Sevilla”.

Muchos salvadoreños han tenido que marcharse a la fuerza, marcharse para sobrevivir, para refugiarse, para no morir. Personas jóvenes y no jóvenes que lo dejaron todo para poder tener otra oportunidad, sin poder elegir. “Mis padres están contentos a pesar de todo porque estoy a salvo, porque esta historia ha tenido final feliz. Por menos he visto yo morir a amigos míos allá: uno de ellos por no querer hacerse de la mara y otro por equivocarse de zona yendo con el autobús. Si tú te crías en una zona de El Salvador, no puedes viajar libremente por otra, porque hay maras distintas, y se pueden pensar que tú eres enemigo. Sin embargo, a los turistas no les pasa nada, es un problema estructural nuestro, no sé qué leyes tienen ellos internas que los extranjeros tienen un blindaje especial. Claro que estas maras están controladas por grupos de poder de arriba, les tendrán bien avisados de que el turismo es sagrado”.

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Fotografía de Celia Asencio Bonilla

Óscar ahora está aquí, en España, buscándose la vida, sin opción de poder volver en muchos años, concretamente, en cinco por las exigencias de la burocracia si quiere quedarse como residente. “Me gustaría traer a mi familia para acá, estoy buscando la manera, porque no me fio de que les pueda pasar algo”, explica. De momento, Óscar se mantiene como puede con sus ahorros y también por haber trabajado meses atrás en el campo. Está esperando su permiso de trabajo para poder empezar una vida de verdad, una vida digna, tener un salario y un techo. Busca su hueco, un hueco que le permita estar a salvo, vivir simplemente, que no es poco. “Sevilla es acogedora, no me puedo quejar. Allá en El Salvador lo he dejado todo: mis perros, mi familia, mis amigos… Al menos, está ciudad me está dando una segunda oportunidad, tengo gente que me está ayudando y mucho. Como cuando trabajé en el campo, no me pagaron mal para ser de fuera, he visto como le han pagado a gente veinte euros al día por una jornada de sol a sol. Es cierto que hay gente de todo tipo, alguna actitud racista por ahí, aunque afortunadamente ha sido lo menos que he vivido acá y tengo la madurez suficiente para que no me afecte”.

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