Lo que queda de Confucio

Colaboración conjunta entre manhattaneterno.com y lafronterahoy.com para darle vida a esta serie: El mundo es un cuento chino.

filosofía
Ilustración de Celia Asencio Bonilla

Los aviones salían de la montaña, iban y venían. Aquellas luces parpadeaban en mitad de la noche oscura del parque selvático que había enfrente de mi ventana. Todo estaba más o menos callado, aunque a pesar de las altas horas seguían pasando coches por las carreteras túneles, había varias elevadas, diferentes carriles en un mismo espacio divididas en distintos niveles de altura. “Estoy en Blade Runner”, pensé. El fotograma de la película vino a mi cabeza, Harrison Ford comiendo bajo la lluvia ácida y la neblina que tapaba el cielo, los altos edificios y los coches flotantes. No era igual, pero era parecido. Así que de pronto me vi en aquel escenario, me imaginé rodando una escena, primer plano, voz en off. A veces mi imaginación vuela alto, según la fotografía que vislumbre en ese instante.

Retenemos multitud de información a diario, imaginad estando en un país como este, donde todo es espectáculo y ruido, entretenimiento y luces. Las pantallas desbordan las calles, enormes, vistosas, encendidas día y noche, no importa la ocasión. Siempre que me topo con alguna de frente me pregunto el porqué de aquello, la función de la misma, aunque si reflexionamos fríamente está bastante claro, ¿no? Y es cuando pienso en ‘Un mundo feliz’. ¿Hasta dónde llegará todo este teatro? Y así, cada día saco mis propias conclusiones, a través de la observación, de la información que escucho, que veo y que retengo. Entonces me fijo en pequeños detalles, porque a pesar de todo, detrás del gran circo tecnológico, se esconden los diminutos detalles: en la forma en la que te dan el dinero con las dos manos mientras inclinan ligeramente sus cabezas, aunque prácticamente es imperceptible por la sutileza del movimiento; en la forma en la que esperan educadamente cuando vas a pedir en un restaurante o en lo delicados que son al reírse en público, cuando tapan con sus manos su boca. La forma en la que bailan en el parque, movimientos suaves al son del aire y ondulados, o cuando te sonríen eternamente.

Pero, volviendo a aquella noche, allí, parada en el cristal de mi enorme ventana, mirando a la nada, a un punto fijo pero sin perder de vista lo de mi alrededor, me acordé de Confuncio. “¿Qué quedará de Confucio?”, me dije. Y desde el mismo día siguiente de aquel ligero pensamiento, me puse manos a la obra para poder llegar hoy hasta aquí, hasta estas palabras, y poder sacar algo que tenga sentido en mitad este caos. Ordenar esta reflexión es como ordenar siglos de dinastía en un país que ha acabado dominado por un imperio capitalista, neoliberal, consumista e individualista. Me siento demasiado pequeña para hablar de algo tan grande, o que al menos concierne a tantos millones de personas, pero, claro, son sólo reflexiones sacadas a través de la observación, el análisis y la lectura tanto del entorno como de escritos de una humilde periodista-profesora que se dispone a compartir aquí para la eternidad su pequeño e insignificante punto de vista. Aclarado esto, continúo por donde lo había dejado. China ha sido un imperio de imperios, de historia dinástica, de pensadores y filósofos, de una historia dominada por los tianzi (significa ‘hijo del cielo’ literalmente, aunque la traducción exacta es ‘rey’). Confucio nació en el periodo de decadencia de la dinastía Zhao allá en el siglo V a.C. Si nos situamos en el tiempo, los Zhou llegaron en el 1500 antes de nuestra era para desterrar el poder que la dinastía Shang había depositado en el vasto imperio chino durante ochos siglos. Se dice que los Shang ya brindaron un sistema complejo religioso y político que más tarde quedaría sepultado por el dominio de los Zhou cuando estos llegan decididos al poder, catalogado como un pueblo rudo y guerrero, prestigiado en la memoria china.

Los pilares fundamentales: realeza, principio de transmisión hereditaria de las funciones y los títulos y el poder unificador de un sistema religioso centrado en el rey y la divinidad. Según el libro de Anne Cheng, ‘Historia del pensamiento Chino’, que cayó en mis manos gracias a una compañera ya iniciada en la cultura china desde hacía un tiempo, los Zhou colocaron al frente de feudos a miembros de su propio linaje o de clanes aliados: “Cada uno de estos jefes tenía derecho a rendir culto al fundador de la casa señorial (…) en consecuencia, la organización y las estructuras políticas dependían estrechamente del sistema de cultos ancestrales y familiares’. Algo esclarecedor, pues podríamos haber encontrado el origen perfectamente de algo que en la actualidad sigue muy vigente, la importancia de la familia, del clan al que perteneces. Algo que sigue siendo crucial para los chinos, tengo entendido, y de primera mano, que aún hay multitud de padres que desean que su hijo o hija se case con otro chino, de tú a tú culturalmente, aunque mejor dicho hablamos de las generaciones de una cierta edad, las nuevas empiezan a abrirse al  mundo y a mirarlo con otros ojos.

¿Por qué explicar todo esto? Porque precisamente Confucio viene de esta época, de esta parte de la historia en la que el poder político y religioso estaba legitimado en el rey, y como dice Anne Cheng, “el dios único encuentra su contrapartida en el soberano universal dentro del orden humano, base del pensamiento político en China hasta el siglo XX”.  Confucio ha perdurado más de dos mil años, en una cultura antiquísima, hermética, que ha permanecido por los siglos de los siglos. A veces, cuando ando por la calle y observo todo, me parece increíble que esta civilización siga en pie, manteniendo aún (claro que adaptada a los tiempos) muchos de los pilares que conformaron este vasto territorio miles de años atrás. Y, ¿qué promulgó Confucio en aquella era? Creo que en Occidente hemos oído hablar de Confucio tantas veces que ni siquiera nos hemos llegado a preguntar exactamente quién es y qué predicó. Sus pilares fueron: aprender, calidad humana y rito espiritual. Lo más importante era el junzi, que traducido significa “hombre de valía” u “hombre de bien”, es decir, Confucio, por primera vez, pone en jaque el sistema que valora a los ciudadanos en primera o segunda categoría, que hasta la fecha, como podrán imaginarse, era según el rango social que se poseía. El junzi se medía según el valor moral de la persona, según Confucio: “nuestra humanidad no es algo dado, sino que se construye y se teje en los intercambios entre los seres y la búsqueda de una armonía común”.

confucio
Ilustración de Celia Asencio Bonilla

De hecho, uno de los conceptos claves para entender la base de su pensamiento era el ren y sigo citando literalmente al maestro, puesto que lo define como: “la preocupación mutua que los hombres sienten debido al hecho de vivir juntos”. El ren se podría traducir, según Cheng, como “calidad humana”. Tiene mucho sentido común si miramos, en un ejercicio de reflexión, cómo se han comportado los chinos con respecto a otras culturas a lo largo de la historia, siempre se han caracterizado por ser una cultura amable, poco agresiva y pacífica. Recordemos que Confucio ha sido el padre de su base ética y moral como sociedad, la biblia en la que China se ha mirado durante siglos de su historia. Un espejo en el que reflejarse.

Me recuerdo en las tardes pasadas leyendo al filósofo con entusiasmo, y es que, ¡es tan cierto eso de que para conocer el presente hay que conocer el pasado! Y cómo, precisamente, cuando empezamos a entender un poco mejor lo sucedido, comprendemos muchas cosas que siguen siendo en el ahora,  estructuras fortísimas en las sociedades vigentes que nos condicionan, para lo bueno y para lo malo. Pero volviendo a China, tengo que decir que lo que me motivó realmente a redactar estas líneas no fue otra cosa que la conclusión que saqué a través de la observación de la calle, de muchos días, pero en concreto de uno, lo cuento: casi recién llegada, una tarde más o menos clara, de las que pocas veces se ven en Cantón, había un chico tirado en el suelo de la acera, le faltaba un pie, y pedía ayuda (claro que yo no entendía qué decía exactamente). La gente, el mogollón de gente, pasaba y pasaba por su lado, la multitud ni lo miraba, ni se inmutaba, y eso que casi entorpecía el paso de cebra de la gran avenida. Me detuve, no podía comprender qué era lo que estaba ocurriendo, me quedé allí parada, como una tonta, bloqueada y sin sacar nada en claro. Ni para delante ni para atrás, la cuestión era que estaba totalmente perdida, no sabía cómo resolver aquella ecuación, me sentí tremendamente inhumana por no acercarme y completamente idiota (por el hecho de que me estaba perdiendo algo que nadie me había contado) por ser la única persona que se había detenido y encontrarme allí sin tomar ninguna decisión. Una amiga, en ese momento, me agarró del brazo por, deduje por su entusiasmo, si se me ocurría acudir al chico, me contó que bandas mafiosas forzaban a personas sin recursos que vivían en la calle a hacer a aquel teatro para que la gente les diera dinero y a cambio ellos llevarse una comisión. Qué lo ignorase, dicho de otro modo. No quise poner en duda su palabra, ella era local, conocía perfectamente el funcionamiento de su sociedad, pero, ¿sería eso cierto? ¿Y entonces? ¿Qué pasaba con aquellas pobres personas?

Claro que en el metro otras tantas veces he visto como a las personas mayores cargadas no se les ayuda o cómo te empujan sin ninguna disculpa ni educación, como también la poca solidaridad que hay en el tráfico, pisándose unos a otros, al borde del accidente casi al segundo. No quiero transmitir aquí una visión errónea de mi experiencia, he conocido a gente maravillosa, por regla general tengo estudiantes educadísimos, China está llena de buenas personas, sonrientes, amables y con sentido del humor. Como individuo no pongo en duda nada sobre estas líneas, lo que pongo en duda es el comportamiento en sociedad, en el conjunto de una gran ciudad como ésta, cuando después de todo, de tantos siglos de pensamiento confuciano, el capitalismo ha irrumpido como una bestia feroz, como un animal salvaje hambriento capaz de romperlo todo. ¿Qué pasó con aquel humanismo en el siglo XXI? ¿Qué pasó con aquella solidaridad? ¿Con aquella sabiduría que decía que lo más importante era formar a un hombre capaz de servir a la comunidad en el plano político y, al mismo tiempo, de convertirse en un hombre de bien en términos morales?

Uno de los mensajes que más me han gustado de Confucio ha sido la importancia del aprender a vivir más que a la del saber. Lo que se traduce en que primero aprendamos a ser en sociedad, a convivir, a compartir, a ayudar, a formar parte de un conjunto, a ser piezas que forman un gran puzle, a saber comprender, analizar, reflexionar y entender. A crecer con la naturaleza, saber de dónde vienen las cosas, cómo tratarlas, mantenerlas, cuidarlas y cuidarnos. Después, el conocimiento teórico, como parte de ese proceso de ser completo. Hoy día hay muchos padres en China (pero es algo extendido a muchas partes del mundo) que sobreprotegen a sus hijos, chicos y chicas que jamás han hablado con su vecino o ido solos al supermercado a comprar, o a pasear y a conocer su barrio y saber bien desenvolverse en el entorno donde viven.

Soy plenamente consciente de que a Confucio, al igual que a Platón o a cualquier otro pensador de la época, hay que mirarlo como lo que fueron: grandes intelectuales de su época que nos han ofrecido una base importantísima para construir lo que hemos construido, pero que hay multitud de aspectos en los que hay que seguir avanzando, está claro que Confucio no iba a ser el padre del feminismo. Sin embargo, también creo que no podemos saltarnos la filosofía de nuestra historia, todo ese legado que nos han dejado nuestros sabios, en una época en la que las humanidades están perdiendo peso con todo este materialismo absurdo. No podemos perder el norte y maximizarlo todo al consumo, a la competencia y al individualismo más egoísta que haya existido como sociedad.

No podemos dejar que el ren del siglo XXI sea el hombre de bien en términos económicos, aquel hombre o mujer que consume, que protege a su núcleo familiar pero que ni siquiera sepa qué pasa en la puerta de al lado, ni enfrente, ni en el país vecino. Que le estén contaminando los mares o la comida que consume sin ningún efecto sobre su toma de decisiones, así como que estén matando a personas inocentes o explotándolas por el consumo de ciertos productos que él mismo o ella misma compra sin ningún efecto en su capacidad de decisión, por no hablar de sentimientos como ser que siente.

Entonces, ¿qué le diremos a las siguientes generaciones cuando tengan que soportar un mundo tan gigante y complicado como el que van a heredar?

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