La importancia de los términos

TÉRMINOS
Ilustración de Celia Asencio Bonilla

Hace poco me di cuenta de lo siguiente: la importancia de los términos. Sí. Me di cuenta de que cuando queremos llamar arte al toreo somos especistas, de que cuando no sabemos porqué se habla de izquierdas o de derechas somos apolíticos (entiéndase en el diccionario apolítico como: persona que carece de ideología o interés por la política),  que cuando llamamos al feminismo igualitarismo es porque somos machistas o que cuando nos desentendemos de la ecología somos irresponsables. Así también pasa con muchas otras cosas, como por ejemplo cuando nos sentimos orgullosos de nuestras vidas y nos importa un pimiento qué pasa en el país vecino, ahí somos egoístas; o como cuando nos causa rechazo la inmigración que procede de África o de Asia y no la alemana o la noruega, ahí somos racistas.

Todo tiene su nombre y como buenos hablantes, debemos hacer defensa de ellos. También debo decir que nunca fui defensora de las etiquetas, pero lo considero diferente. Las etiquetas se establecen para encasillar, demonizar, en muchos casos, inmovilizar y hacer una crítica destructiva. Los conceptos se crean desde una base sólida, una argumentación, un significado y, lo más importante, para construir y avanzar. Si hemos estudiado periodismo, nos gusta que nos digan periodistas. Si hemos estudiado magisterio, nos gusta que nos llamen maestros. Si somos médicos, médicos. Arquitectos, arquitectos. Las delgadas líneas nos acechan y nos amenazan con crear un mundo difuso, donde nadie sepa quién es ni por lo qué luchar. La solidaridad o la generosidad queda, así, relegada a un segundo plano, como todas esas miles de personas que se ahogan y se mueren en los mares en busca de una vida mejor.

Etiquetas son otras cosas, como cuando a la gente de Bildu se la llama etarra o a las lesbianas bolleras y a los gays maricones. También cuando nos llaman señoritas a las chicas y no por nuestro nombre

Hay otros muchos, sin embargo, que se utilizan para reemplazar al verdadero concepto, en un intento de tapar la realidad, de ahí que a eso mismo se llame eufemismo. De eso los políticos saben bastante, sin duda,  como cuando nos dijeron que la Ley Mordaza se llamaba Ley de Seguridad Ciudadana, o cuando Cospedal habló de movilidad exterior y no de emigración; también pasa cuando hablan de daños colaterales en vez de muertes civiles o de conflicto armado para no decir a los cuatro vientos que se trata de una guerra. ¡Tantísimos!

Etiquetas son otras cosas, como cuando a la gente de Bildu se la llama etarra o a las lesbianas bolleras y a los gays maricones. También cuando nos llaman señoritas a las chicas y no por nuestro nombre, o cuando somos poetas y nos dicen poetisas (como lo reclamaba Gloria Fuertes). Sin olvidar cuando nos llaman putas a las que somos libres o vagos a los que están parados (que no por gusto). Así como a los concienciados que quieren un mundo mejor antisistemas, o frikis a los rebeldes. Amas de casa a las mujeres que trabajan para su familia y cuidan de su hogar. Inconscientes a los revolucionarios o coherentes a los inmovilistas acomodados. Indigente a la gente que la excluimos sin más opción, o locos a los sensibles.

Como decía mi abuelo: al pan pan y al vino vino. Las cosas por su nombre, sin faltar, sin etiquetas, para no olvidar el origen de las cosas y seguir construyendo en una sociedad en la que hace falta conciencia y humanidad. Radical, me dijeron una vez, es quien va a la raíz de los problemas frente todos aquellos que se proponen taparlos o abandonarlos a su suerte. Los jóvenes no nos fuimos por movernos hacia el exterior simplemente (claro que siempre está la buena filosofía de ser optimistas y disfrutar de lo nuevo, alimentarnos del mundo). No puedo negar que con mi espíritu aventurero, con crisis o sin crisis, hubiera volado hacia otros mundos en cualquiera de los casos; eso sí, con posibilidad de volver, de decidir yo mi destino. Ahora eso parece más bien una opción remota y poco probable. No, señora Cospedal, los jóvenes nos fuimos para buscarnos la vida, todo un exilio económico obligado. Tampoco llamen, señores políticos, y no políticos, a la violencia machista violencia de género, porque no lo llaman por lo que es,  o conflicto palestino-israelí a una ocupación por parte de un Estado opresor, llena de heridas y de hipocresía.

Ni a una violación abuso sexual.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s