El barrio de Dongshan Kou

Colaboración conjunta entre manhattaneterno.com y lafronterahoy.com para darle vida a esta serie: El mundo es un cuento chino.

Sin título-2
Ilustración Celia Asencio

Habíamos llegado al barrio de Dongshan Kou de Guangzhou (Cantón para Occidente). Nos bajamos del metro y todo cambió de repente, los coches se esfumaron, el ruido desapareció y las bicis inundaron la calzada. Tan sólo a unas pocas paradas de mi casa, habíamos llegado a aquel paraíso, paraíso que se situaba en mitad de la ciudad y que desconocía por completo. Los niños correteaban sin miedo y las madres iban tranquilas charlando. No había rascacielos, sólo edificios chinos antiguos, de los sesenta, y casitas de ladrillos totalmente reformadas, algunas convertidas en restaurantes.

– Este es el verdadero Guangzhou, no lo que has conocido hasta ahora – me dice Teresa, una de mis alumnas cantonesas.

Estaba sorprendida. ¿Dónde quedó toda aquella agitación constante?

Lo que siempre recordaré de aquel día será la sonrisa de cada una de mis alumnas, que me lo enseñaban con cuidado y entusiasmo, contentas de mostrarle a un extranjero lo que quedaba del Cantón antiguo. Lo curioso, lo realmente curioso, era como una cultura tan antiquísima como ésta podía conservar tan poco de su patrimonio arquitectónico. Cualquier edificio de más de cincuenta años ya era un gran tesoro del que tendrían la misión de mantenerlo en las mejores condiciones posibles. Seguimos caminando sin prisas, era media tarde, a veces chispeaba, otras no, y se respiraba una paz y armonía inmensa. El sonido de las hojas de los árboles hacía que la escena tomara una perspectiva aún más especial. Las ventanas de los balcones estaban abiertas, intentaba curiosear cada vez que podía por si divisaba el interior de aquellos pisitos chinos. Quería grabar en mi mente todo lo que estuviera en mi mano.

Se nos topó, así, en mitad de nuestro recorrido una gran fachada de estilo chino tradicional, con un alero enorme cuyo borde, sobre todo en sus puntas, se encorvaba hacia arriba.

 – Es un colegio. En este barrio están los mejores colegios de todo Cantón, son los más antiguos y todo el mundo quiere que sus hijos estudien aquí. Es un barrio muy solicitado, eso sí, los pisos son pequeños y los precios elevadísimos – explica Teresa.

Por supuesto, aprovecho y hago fotos, como buena guiri que soy, antes de que la cámara quedara cubierta por la lluvia. Aquella estructura era maravillosa, un rincón de lo más poético. Digno de inspiración. Continuamos nuestro camino con la noche acechándonos, llegamos a una placita y varios edificios bajos alrededor. Uno de ellos me recordaba a la arquitectura occidental, era un barrio con mezcla, el pasado seguía vivo, Oriente y Occidente convivían en la arquitectura de aquellas calles, juntas, recordando el mestizaje de una época anterior.

Una galería de arte asomó por la esquina, y yo, dispuesta a inspeccionar aquel sitio hasta el último rincón, entré sin preguntar. “Es una exposición temporal”, dice una de ellas. Era magnífica. Leones, dragones, seres extraños, gatos gigantes, humanos que hablaban con animales, naturaleza viva… Pintura poética y, sobre todo, mitología china. La técnica era la misma en todos los dibujos: papel de arroz, tinta, y pincel. La delicadeza que desprendían los pequeños cuadros colgados en aquellas paredes blancas era en sí mismo una obra de arte. Compré, en consecuencia, unas cuantas estampitas del autor, quería llevarme aquellas imágenes para el recuerdo, me acerqué así a la tiendecita de aquella sala diminuta y elegí unas cuantas. Por la ventana del sitio, se podía ver un edificio rojo grandote, justo enfrente de donde estábamos.  “Es el museo de historia del partido comunista”, me cuentan. “¿Vamos?”, pregunto sabiendo la respuesta.

─ Está cerrado, pero de todas maneras no he ido nunca y no quiero ir – me contesta Ricky, una de mis chicas, claro que con nombre de chico en inglés.

─ ¿Por qué no? – indago haciéndome la tonta.

─ Para mí no es historia, es mentira. Además, no me gusta nada que tenga que ver con la política. Me aburre la política.

PAZ
Ilustración de Celia Asencio

Entonces, dejo de insistir. No he conocido un solo joven con el que se pudiera comentar la situación política, hablar de historia sin miedos, o simplemente, hablar en términos generales con algún matiz político-social. Era complicado, no los culpo en absoluto. No les ha llegado su hora para hacerlo. Esta generación ya hace preguntas que sus padres ni siquiera llegaron a reflexionar, es un pasito más. Perdónenme el tono, por si pudiera parecer arrogante, no es mi intención. Como siempre digo, cada uno tiene que mirar al mundo en el que ha crecido, reflexionarlo y exprimirlo para entenderlo, criticarlo (constructivamente) y mejorarlo. Y es precisamente de lo que hablo, aún las nuevas generaciones no han llegado a esa conclusión, a la de que sólo hay un camino para todas las culturas del mundo que se sientan, y nos podemos incluir en tanto que tenemos aún muchos puntos en los que seguir avanzando, oprimidas en muchos aspectos fundamentales de la vida: mejorándonos como personas y no apostar por una sociedad individualista, sino cooperativa y que esté implicada.

China tiene su historia, sus tiempos, su guión de las cosas, su pensamiento, sus conquistas, sus derrotas. No somos nadie para cambiarlo, eso lo tengo claro, ningún guiri tiene la potestad de abanderar esos movimientos, esas luchas. Sólo ellos mismos. Como nosotros tenemos las nuestras.

Mientras tanto, nosotros seguimos nuestra ruta, nos difuminamos con la niebla de la noche, como seres pasajeros, como espíritus solitarios, cada uno con su tema, cada loco con su canto.

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