Cuando me hablaron de tía Ana

Mujeres rapadas
Ilustración de Celia Asencio

 A la memoria histórica

 

Estaba la plaza llena, allá en el año cuarenta y dos,

la gente olía

a miedo y orín entre las piernas,

avistando venganza,

y las muchachas de miradas tristes, sentadas

en mitad del tumulto,

lloraban de pena y de hastío.

Las habían rapado – me contaron –

por haber amado y soñado en rojo,

algunas ni eso,

sólo amado,

en una época oscura, cuando las rosas no crecían sin espinas

ni el amor sin peligro.

No murieron aquel día,

que aceite de ricino sobre sus cabezas cayose,

murieron mucho después,

solas sin saber por qué,

esperando algún día a ver una paloma volar cerca de su balcón.

Se han hecho polvo y la memoria sigue dormida,

en un baúl que nadie abre,

que sigue escondido en los escondrijos

más remotos de una España callada.

Ni transición ni ruptura.

Sólo los entresijos de un poder mimetizado en democracia,

pregonando

conclusiones difusas del pasado,

líneas borrosas, donde todos fueron iguales – eso dicen –

cuánta mentira y cuánto desprecio.

 

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