Paraguas bajo el sol

Colaboración conjunta entre manhattaneterno.com y lafronterahoy.com para darle vida a esta serie: El mundo es un cuento chino.

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Ilustración de Carmen Martínez Tortosa

Hacía un calor insoportable. No había lugar alguno donde refugiarse para reponer energías, por lo que intenté mantener la calma y seguir andando como si nada. Salí de la boca del metro, acababa de pasar por varias paradas sin apenas poder moverme en el vagón: íbamos como sardinas enlatadas, sin intercambios de miradas, sin movernos, sin hablar. Todos mirando sus móviles, el ser humano se había convertido aquí en el ser más solitario de todos. La deshumanización había llegado, y tras ella la mercantilización de todo. Hasta de nuestro tiempo libre.

El sol salió un rato, y con él la humedad pegajosa que tantas veces nombro, como ustedes ya saben. Pero entonces, a lo lejos, vi aquel árbol impresionante, junto a un lago y un puentecito, me recordaba a las ilustraciones de cuentos. Las flores adornaban la estampa con sus múltiples colores y una música de tradición china llenaba el vacío de aquel espacio enorme que ocupaba un área de quién sabe cuántos metros cuadrados. Me fijé así en los abuelitos y en las abuelitas del lugar, algunos haciendo taichí (interpreto), otros tocaban al unísono las palmas y cantaban. ¡Cuán maravillosa situación! Aquello merecía la pena. Fue una bocanada de aire fresco en aquel momento, recuperé la fe en la humanidad, y en China en concreto.

Y comprendí, así, que aún quedaban esos mayores, esa generación que sí sabía conectar con la naturaleza, que no había perdido su espiritualidad y que se había visto colonizada, de repente, por rascacielos y teléfonos móviles, gente desinteresada de sus tradiciones. Recuerdo una de mis clases de español con mis alumnos chinos, me contaban cómo la ópera tradicional china se estaba perdiendo. A nadie le interesa, decían. ¿Ni tan siquiera a vosotros?, dije. No, preferimos música moderna. Y me callé, me invadió una sensación extraña e incontrolable. He de decir que, tras un largo rato hablando, me reconocieron que no habían reflexionado antes sobre ello y que sí que les daba pena perder algo propio de su cultura. La ópera china cuenta pasajes de su historia, por lo que todos estaban de acuerdo en que era un bien valioso para su transmisión de generación en generación.

Sentada en el tronco aquel, frente al lago, el puente, las flores y los viejos, quedé en silencio y meditabunda. Pasaron chinas con sus paraguas abiertos de par en par, es verdad eso de que no quieren ponerse morenas. El blanco sigue siendo importante en el estatus social, así como las uñas larguísimas del dedo pulgar, aunque esto último sólo lo vi en los hombres. Señal de que no trabajas en el campo, me contaron no hace mucho tiempo. Por lo que aquello se convirtió en un festival de paraguas, todas mirando hacia el suelo, paseando tranquilas de estar a salvo del gigante de fuego. Y con las mismas, decidí a seguir el camino, aquel camino de rosas y enredaderas, aquel camino de ensueño. Sonreí a los niños que salían del colegio, todos con sus uniformes, gritones y llenos de vida. Una vida que sólo la podemos admirar en los ojos de quiénes aún siguen inocentes, como almas impolutas, moldeables y sanas.

cronica 31
Ilustración de Carmen Martínez Tortosa

A nadie le importaba la ropa tendida en los cables de la luz de las ventanas de los bajos, ni los boquetes de las paredes, ni las cucarachas que tranquilas correteaban por las aceras, ni el olor a carne podrida… Todos sonrientes y conformes. Todos. Pensé en ese momento en los distritos del centro de la ciudad bien cuidados, ¿cuánto costaría una habitación de mala muerte por allí? Claro que al final, había muchos extranjeros que se alojaban en estas zonas, para la mayoría de los chinos era inviable simplemente. ¿Cómo era aquello del despotismo ilustrado? ¡Ah, sí! Todo para el pueblo pero sin el pueblo.

Me volvió a invadir la sensación de soledad, de contradicción, de angustia, de incomprensión… Sé que a veces soy egoísta. Mi punto de vista eurocentrista me quita visibilidad, pero vivir aquí es lo más parecido a vivir en otro planeta. Sé que echaré de menos a todos ellos, también sus parques, a sus viejos, a sus niños, sus sonrisas, su caos, sus costumbres, sus palillos, sus peceras… Sus paraguas.

El sonido de los cristales de mi ventana cuando sopla el viento. El tren cuando pasa de noche cerca de mi edifico. Todo y nada.

Como siempre.

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