Peceras

Colaboración conjunta entre manhattaneterno.com y lafronterahoy.com para darle vida a esta serie: El mundo es un cuento chino.
33377724_10214805818846794_4365526633646391296_n
Ilustración de Carmen Martínez Tortosa

El pez aleteaba y aleteaba, de esquina a esquina, pegando su cara triangular en el cristal, como si no hubiera recorrido aquellas cuatro paredes nunca. Estaba atrapado. Y yo allí con él, mirándonos. Quietos. Los dos. El caso es que Cantón está llena de peceras, todo un símbolo para ellos, no sólo les trae buena suerte (eso dicen), sino que además también es carne fresca. Prefieren ver cómo lo cogen antes de llevárselo a la boca, de meterlo en esas ollas al fuego con toda clase de salsas picantes. Siempre hay una pecera a la que vuelvo, un sitio particular del barrio. Está medio escondido, en una calle sin tráfico y con una tranquilidad asombrosa para tratarse de un bar cantonés. Cuando necesito pensar, voy, me siento enfrente y miro cómo nadan en aquel submundo acuático. Me pido mis fideos favoritos, con palillos por supuesto, y allí parada tengo todo lo que necesito en ese momento.

¿Estaré yo en una pecera? ¿Estaremos nosotros tan atrapados como ellos? ¿Seremos peces nadando en una pecera de cemento? Todo lo que se levanta aquí no mide menos de cien metros de altura. Sombras gigantes se ciñen sobre la ciudad, el sol apenas se aprecia, claro que en mayor medida por la contaminación que genera el propio ritmo de Cantón. Y pienso entonces en lo que ha hecho el ser humano en tantas ciudades, destruir lo anterior para crear todo un mundo ficticio lleno de edificios y de coches, ruidos y estrés. Eso sí, los pájaros siguen aquí cantándonos al oído. La inmensa y frondosa naturaleza que hay aquí bajo el clima subtropical da pistas de su poderío, de su presencia infinita. Las montañas y las carreteras comparten el mismo espacio sin que haya conflicto entre ellos. Pareciese que todo fue así desde siempre, que ya nadie se pregunta qué pasó. Y por eso los pájaros han vuelto esta primavera y todas las que vendrán. Para recordar que una vez este paraíso fue de ellos, sólo de ellos, y que, por mucho que nos empeñemos, ellos siempre volverán.

Termino de comer mi cuenco de fideos con tomates y pimientos y me voy al mercado. Hay una cosa que todavía perdura en las calles de esta ciudad, alejadas de las grandes avenidas: la gente aún, por aquello de sobrevivir, se trata como si fuera un pequeño pueblo unido. Naturales, sin remilgos, para lo bueno y para lo malo. Y así con mi carro de la compra, la señora frutera me quiere vender todo lo que hay en el puesto y con mi triste chino me comunico más o menos. Nos entendemos, ella me sonríe y yo a ella. Sus mallas pegadas y sus zapatillas de estar por casa me resultan familiares, me hace sentir cómoda pese a que no podemos preguntarnos ni la hora. Le pago y me voy por la misma calle, cuesta abajo, intentando vencer los contratiempos de la acera, tan poco cuidada, claro. El mal olor y el mogollón de gente hacen que quieras transportarte de una vez, deseaba llegar al portal, haber cruzado todo aquel laberinto y sentarme en mi sofá. Hace poco compré una lamparita nueva y una estantería, mi rincón de lectura frente al lago y la pagoda. Esa pagoda que me alimenta y me inspira cada día.

33246685_10214805819406808_4962043848135016448_n
Ilustración de Carmen Martínez Tortosa

La ropa tendida en el techo del balcón interior ya hasta me gusta. La miro y entiendo cómo este pueblo ha sobrevivido y sigue sobreviviendo: ingeniosas mentes con ingeniosos inventos. ¡Y tanto! Si no, mira el imperio tecnológico que han montado. Cómo es posible que convivan la espiritualidad y el capitalismo más salvaje que nunca vimos en un mismo habitáculo. ¿Cómo? Cómo es posible que China sea tan peculiar y desconocida, llamativa como agotadora, auténtica como artificial, misteriosa como predecible. Aquí no ha existido ninguna transición social ni política, apenas se distingue lo público de lo privado, el socialismo del neoliberalismo, la explotación laboral de la oportunidad económica (aunque ahí se parecen bastante a nosotros, o al menos, a lo que estamos viviendo), lo democrático de lo poco democrático… Las delgadas líneas están en todas partes, han venido para quedarse al menos un tiempo, mientras las nuevas generaciones van conviviendo con la globalización a través de Internet. Quién sabe, quizás eso sea el caldo de cultivo para un futuro cercano.

Y tras esta reflexión concluyo: quisiera alertar del peligro, de ese peligro de las fronteras borrosas, de la era de la confusión. Si no advertimos, quedaremos atrapados entre cristales, nadando en peceras sin salidas. Peceras aparentando ser un remanso de paz y un trozo de mar pero sin serlo. Sin alternativa, un circuito cerrado sin distinguir el objetivo, ni la lucha por un mundo mejor y acaparando toda fe de cambio.

Porque las peceras son así. Sólo peceras.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s