Suspiros de mi Habana

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El corazón de La Habana. Fotografía de Celia Sánchez Rodríguez

Celia Sánchez Rodríguez, trabajadora social y malagueña con mucho salero, nos trae este pequeño suspiro de su paso por La Habana, que duró unos meses, y que quiere compartir con todos nosotros.

Suspiros de mi Habana

El Madrid de los 80. El París de los 60. La Andalucía de siempre. Una niña que juega a ser mayor mientras se queda dormida con el vaivén de las olas que chocan contra un Malecón, ese mismo que recorre las venas de esta ciudad para terminar conectándose con el corazón habanero.

Un niño que aprende a jugar al dominó, que corretea a altas horas de la noche en la ciudad que nunca duerme, donde la seguridad se convirtió en identidad.

Un pasado que se hace presente a través de las historias que se cuentan en cada una de sus calles, a través de la música que sale de esas fachadas que rebosan arte colonial, esas por las que el viento nos hace transportarnos hacia una historia viva.

Un pasado que se hace presente en las caras de aquellos que conforman la belleza del mestizaje, la pureza de las tradiciones africanas que sobrevivieron a las garras de un colonialismo desgarrador; tradiciones que visten de blanco por las calles de la ciudad. Las caras más bonitas que he conocido, donde las sonrisas juegan a su antojo y hacen de las luchas un medio de supervivencia.

Lucha como bandera. Periodos especiales que hicieron de la necesidad un don de creatividad, donde los sueños navegan a sus anchas entre las calles estrechas y recuerdan que un día (y aún) existió una Revolución.IMG-20180405-WA0003

Pueblo cargado de mitos y leyendas, de verdades tan reales que solo con poner un pie en la isla el cuerpo se llena de electricidad, de ganas de saber más, de hacer de la realidad un sueño revolucionario.

Tiempos que se convierten en eternidades, donde la paciencia nos enseña que la vida está para saborearla, incluso cuando las colas se hacen interminables y el calor rebosa por todos lados.

La tierra de los sueños alcanzados, de las sonrisas que no envejecen, de la madre que te acoge como si nunca te hubieses marchado. Esas ganas de volver a formar parte de sus aceras, de volver a encontrar la paz donde muchos se desesperarían por querer cambiar aquello que nunca quisieron entender.

Y es que solo tú me diste la oportunidad de conocerte más allá de cualquier cliché, de encontrar en ti ese amor-odio que tanto engancha, de seguir llenando la maleta de vida, de formar parte de un pueblo que siempre brilla a pesar de sus tantas tormentas. Y es que tú…solo tú… Me enseñaste que la vida está para lucharla y para disfrutarla, y que no hay fronteras por las que tu risa no se cuele.

Sigue siendo ese Madrid de los 80, ese París de los 60, esa Andalucía de siempre, esa niña que juega a ser mayor mientras se queda dormida con el vaivén de las olas que chocan contra un Malecón.

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