¡Y llegué a China!

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Llegué a China. A Guangzhou (Catón), concretamente. El avión aterrizaba y yo, asomada a la ventanilla, pensaba en todas las nuevas sensaciones de llegar a un sitio lejano y desconocido. ¡Madre mía! ¡Qué de luces! Pensé. Y una vez más, se me vino a la cabeza mi primera vez en un país, sin entender nada ni a nadie, sólo sentir, en esos primeros segundos, el peso de la maleta sobre mis hombros y el cansancio acumulado. Me recordé en aquellos lugares inhóspitos, todas las veces que me reí sola ante la imposibilidad de establecer comunicación alguna con la frutera o el conductor del autobús. Todas las veces que dije: “no, no, yo por ahora me quedo en España”. Claro que todos sabíamos que era la resaca de un largo viaje y la necesidad de estar con los tuyos un ratito. Hasta que ves, una vez más, que, desgraciadamente, España sigue ahí, igual, intocable, oliendo a toda la mierda que sale de debajo de la alfombra… Jóvenes sin futuro o con un futuro muy precario (volveré, volveré para luchar, lo dejo claro).

No estaba sola. Iba con mi pareja, y el jefe de la escuela en la que íbamos a trabajar nos recogió en el aeropuerto. Todo era más sencillo así, claro. Ya había experimentado la soledad absoluta de irte lejos, sola, sintiendo el silencio y la lejanía en tus carnes de cada paisaje que asomaba por la ventana. Con todo ello, llegamos al hotel donde la primera noche nos alojamos. ¡Guau! Abrí las cortinas, un manto de rascacielos se ciñó sobre nosotros. La ciudad, llena de luces, acechaba caos, contradicción y naturaleza selvática. Fue lo que pensé.

Y mientras el yet lag me mantenía descolocada, no muchas horas después de tumbarme y cerrar los ojos en aquella cama gigante, me desperté con el sonido de la gran ciudad. Coches, sirenas y pájaros. De día, el paisaje de la ciudad fue aun más impresionante, en aquella planta, desde las alturas, la poesía era más fácil. La contemplación era obligatoria. ¿Qué hago yo aquí? Pero lo cierto es que, cuando decidimos bajar, todo se tornó en curiosidades. China. Sí. Toda una súper potencia desconocida en su fondo y en su forma.

Las bicicletas eléctricas cabalgaban deprisa sobre el asfalto y las callecitas secundarias eran todo un espectáculo digno de admiración: peluqueros, costureras, repartidores, mecánicos, fruteros… Todos en la calle, trabajando, sudor de su frente. La China tradicional, la China subdesarrollada, la China pura, callejera, conviviendo con la modernidad más capitalista, con los hombres y las mujeres de negocios que se trajeaban en los portales de los vastos edificios. Las infraestructuras más viejas con las más nuevas o el gris del cemento con el verde de la naturaleza más poderosa, aquella que irrumpe allá donde el ser humano piensa que la ha conquistado. Todo estaba ahí, delante de mis ojos, quieto, parado para fotografiar.

Pienso en la inmensidad de la Tierra, en sus orígenes y en cómo una civilización como la china puede perdurar hermética, incluso ahora, después de abrir la puerta al mundo.

Los días que continuaron mi llegada, estuvieron llenos de actividades varias: papeleos, compras, hacerse con el barrio, empezar el trabajo, las clases de chino… Todo demasiado deprisa. Así como la gente anda por el metro y se pelea por entrar en el vagón. O así como los coches jamás se paran para concederte el paso, por lo que cruzar se convierte en la actividad más peligrosa del día. Tengo que confesar que la primera semana maldije a todas las personas que escupieron, regodeándose, mientras caminaban por la acera. También, al olor a pollo muerto en cada esquina que había un sitio de comida rápida china. Todo se comportaba de manera opuesta a cómo me habían enseñado antes de venir a aquí.

El ser humano puede ser diverso. Ya lo hemos escuchado. Pero no lo sabes hasta que lo vives.

Y así, en este mundo chino, gigante, cargado de intrigas, me asomo a la ventana cada día para ver la pagoda que hay al fondo, como un cuadro perfecto e inagotable. No importa lo que pase alrededor, me asomo horas y horas y pienso en la inmensidad de la Tierra, en sus orígenes y en cómo una civilización como la china puede perdurar hermética, incluso ahora, después de abrir la puerta al mundo. Supongo que será cuestión de IMG_20180323_175002generaciones, porque ahora llegó toda la tecnología y todo el consumismo más atroz que nos podamos imaginar, sin control, ni preguntas ni respuestas, ni reflexiones ni críticas. Ni aunque una aplicación, el Whatsapp chino, llamada Wechat, pueda controlar toda tu vida: puedes pagar, comprar, chatear, colgar fotos y  hasta declarar tus confesiones. ¡Y todo parte de manos privadas! Aunque con absoluto control del gobierno, eso sí. Claro que ahora ya nadie, o más bien casi nadie, se muere de hambre, a pesar de haber un abismo entre clases sociales. La vida se ha vuelto muy cómoda aquí, y de momento, esta generación no tiene más preguntas, señorías.

Yo, como de costumbre, analizo. Y tras mucho analizar, me doy cuenta de lo poco que sé sobre los antepasados chinos, su historia, sus costumbres, las que han perdurado hasta ahora, y de cómo, en el fondo, su lenguaje conceptual, que empiezo a aprender el cero coma cero, cero, uno por ciento, dice mucho de esta cultura asombrosa, digna de conocer y estudiar. De aprender y reflexionar. Empaparme quiero.

Sin más que añadir. Continuará.

¡Salud!

 

 

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