Cómo ser homosexual y vivir en un país como Rusia

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Kirril y Dima posando para la entrevista

Un proyecto con la colaboración del traductor Manuel Gómez

Sentada en la plaza de la Revolución, en Krasnoyarsk (Rusia), con la estatua gigante de Lenin al fondo, espero con mi cámara y mi mochila en un banco a que Kirril y Dima lleguen, dos amigos homosexuales rusos dispuestos a contar su historia. Me fijo en todos los alrededores, con sus palomas bien gordotas revoloteando, parejas besándose en mitad de la acera, las abuelas paseando a sus nietos, el tráfico y el humo, el ruido de los autobuses y los edificios que rodean la zona. En un primer momento, pensé que íbamos a hacer allí mismo la entrevista, pero resultó que poco después de presentarnos, Kirril me invitó a montarme en su coche. “Así tenemos más intimidad y podemos hablar tranquilos”. Y con un café recién comprado y el aire acondicionado puesto, empezamos a charlar: “Yo soy de Krasnoyarsk, que es una ciudad grande, por lo que me considero un afortunado, ya que ser homosexual y vivir en un pueblo, en un país como este, es mucho peor. Tuve mi primera experiencia sexual con un hombre antes de cumplir los dieciocho, pero no me gustó. Yo creo que fue por la falta de información, porque, de una forma u otra, no estaba preparado para aquello, y lo aparqué durante un tiempo. Digamos que me lo intenté negar, pero, claro, era evidente que tarde o temprano me iba a dar cuenta, hasta que al cumplir la mayoría de edad lo acepté, me acepté a mí mismo.”, explica Kirril.

A su lado, Dima escuchaba atento e, incluso, asentía, reconociéndose en las palabras de su amigo, aunque con otra experiencia de vida muy diferente. Kirril continúa: “Mi educación fue rígida en ese aspecto, mis padres me educaron para ser un “hombre” tal y como aquí se concibe el ser hombre, casarte con una mujer y tener una familia, en definitivas, no salirte de esas reglas. No había ni hay información sobre la homosexualidad, se mira para otro lado, se hace como si no existiera, como si no formara parte de la sociedad”.  Y es que la sociedad rusa sigue siendo bastante homófoba, hablar en público de la homosexualidad si hay menores delante se considera propaganda, por lo que no está permitido: “Ahora tengo veintiséis años y mi vida es completamente diferente. Me di cuenta de que había otro mundo, encontré el círculo que estaba buscando desde hacía mucho tiempo, y cuando eso pasó, me dejé de sentir culpable por ser lo que soy. Claro que, como he comentado antes, soy de una ciudad y aquí es fácil esconderte, que no te señalen, como también es fácil encontrar el ambiente que buscas con las nuevas aplicaciones de Internet”, termina de explicar Kirril.

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Kirril sonriendo en la entrevista

Dima, sin embargo, nació y se crió en Zheleznogorsk, un pueblo grande de Siberia, dentro de la región de Krasnoyarsk. Un sitio creado hace apenas setenta años para la producción de sedimentos de plutonio, en otras palabras, para crear  una central nuclear, con la peculiaridad de que si no eres residente, no puedes entrar. Dima lo describe como un lugar cerrado en el que una persona como él no tiene oportunidades: “Mi infancia fue callada, silenciosa, apenas abría la boca, no hablaba mucho. No tenía a nadie a quien contarle quién era, no tenía ni idea de lo que era la homosexualidad, por lo que no tuve mi primera experiencia sexual hasta los veintiún años, cuando me trasladé a San Petersburgo para estudiar, donde me di cuenta de lo que era y donde tomé consciencia de la realidad”.

“Siempre supe de una forma inconsciente que era gay, pero, claro, nadie me explicó nada en ningún momento ni de mi niñez ni de mi adolescencia, pensaba que simplemente no me gustaban las mujeres y que ahí terminaba todo”

Seguimos sentados en el coche, con todo en marcha, ellos terminándose de beber el café y Manuel, el traductor ruso-español, manchego, ahora residente en Krasnoyarsk, ultima sus notas, cada uno con lo suyo. Lo más curioso era mirar por el cristal de la ventana, fuera de aquellas paredes existía otro mundo completamente distinto del que se daba dentro de aquel coche aparcado en aquella calle del centro; un mundo en el que los homosexuales no tienen voz, en el que no cuentan sus historias ni se muestran en público.“Siempre supe de una forma inconsciente que era gay, pero, claro, nadie me explicó nada en ningún momento ni de mi niñez ni de mi adolescencia, pensaba que simplemente no me gustaban las mujeres y que ahí terminaba todo. Alguna vez tuve fantasías sexuales con mi mejor amigo, pero me lo negaba, no quería darme cuenta de lo que estaba pasando”, comenta Dima mientras recuerda su infancia.

La mujer y el hombre tienen un papel muy definido en Rusia: los hombres tienen que dejar pasar primero a las mujeres, son los que regalan flores cuando las recogen de los sitios y hay trabajos que, simplemente, no los quieren por no ser lo suficientemente viril, por eso lo hacen las mujeres. Aquí todo está bien diferenciado según el sexo que tengas, los homosexuales sencillamente no se consideran lo bastante hombres en esta sociedad, cualquier gesto de cariño entre ellos es motivo de escándalo, delante de los niños ni hablemos: “Una vez le dije a una amiga mía lesbiana que se hiciera pasar por mi pareja para que mis padres se quedaran tranquilos durante un tiempo. No lo hice para forzarme a que me gustaran las mujeres, lo hice por mi familia, para poder esconderlo porque sé que sufrirían y no lo entenderían”, explica Kirril, a lo que Dima añade: “Mi caso fue distinto. Mis padres fallecieron muy pronto, justo cuando me mudé a San Petersburgo, por lo que no he tenido que esconderme de nada”.

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Dima captado en uno de los momentos de la entrevista

La tensión disminuía de vez en cuando con algunas carcajadas, según el momento y la experiencia que contaban. “Para mí es una gran victoria que mis amigos de toda la vida hayan aceptado mi condición sexual, pese a que no lo hemos hablado nunca, ellos no me quieren preguntar, sé que no lo comparten ni lo entienden. Pero no me importa, con eso ya es suficiente”, dice Kirril tranquilo sentado en el lado del conductor. Es paradójico, en mitad de la marabunta de las calles de las ciudades rusas, están los invisibles, esa minoría diferente, o más que una minoría, que está al margen, que se escabulle dentro del montón, se pone su traje de camuflaje… Hay una falsa normalidad. Kirril prosigue: “Mis padres me siguen preguntando a día de hoy si me voy a casar (con una mujer, claro), pero, para mi fortuna, mi hermano mayor ya está casado y tiene hijos, por lo que uno de los dos ya ha cumplido las expectativas de mis padres”.

“Esta política permite que haya personas que se dediquen en el trabajo a perseguir a homosexuales para que nos despidan de nuestros puestos”

Y es que la propaganda homófoba de Putin es tan fuerte, tanto, que ha calado en todos los sectores de la sociedad, hasta en la universidad, donde supuestamente debe de estar el ala más intelectual y abierto de una población. “Esta política permite que haya personas que se dediquen en el trabajo a perseguir a homosexuales para que nos despidan de nuestros puestos”, explica Dima. Sigue: “Hemos vivido un retroceso, en los años noventa estas cosas no pasaban, había una relajación en este sentido, a la gente le daba igual, tenían en otras cosas en las que pensar más importantes, como sobrevivir a la crisis tan grande que tuvimos”.

Hay dos momentos históricos: primero, cuando cae la URSS, segundo, cuando Rusia mira hacia Europa. Dima, así, continúa: “De ahí que en el noventa y tres se aboliera la ley que explicitaba que un homosexual era un enfermo mental. Pero, claro, Putin ha hecho todo lo posible para que ahora, pese a que no existan tal ley, la sociedad se comporte como si la tuviéramos”. A la pregunta de porqué Rusia no es un país para homosexuales, a modo de conclusión, Kirril contesta: “El Gobierno hace hincapié en perseguir a los homosexuales, como hemos explicado antes, entre otras cosas para que sus fallos políticos no sean el centro de atención, no se habla de ecología, y eso que tenemos problemas graves que atajan a la cuestión medioambiental, ni hablamos de otras cosas tan importantes como las condiciones de vida de la gente”. Dima no se queda atrás: “Aquí se piensa que si eres gay eres una persona de segunda clase, una persona a la que se puede humillar… Nos comparan con delincuentes. Putin vende esta imagen”.

 

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