Un perro verde en mitad de una manada rosa

KAHLO

Todo era de color rosa, claro. Las niñas el rosa, los niños el azul. La cuestión era que a mí no me gustaba ese color, yo prefería otros, como el celeste o el morado. Creo que fue mi primer acto reivindicativo, la primera toma de conciencia de que yo no pertenecía a ese grupo en el que me habían asignado sin que yo pudiera rechistar. Pero mi vida, desde entonces, se iba a tornar en distintas gamas, hasta que descubrí que mi color era el verde, un verde salvaje, porque así lo decidí, lo había aceptado, yo quería ser ese perro verde en mitad de una manda de perros rosas y perfectos.

¡No quiero arreglarme, mamá!, y esto fue el siguiente paso. Batallas campales, discusiones y enfados, me daba igual, yo no quería arreglarme. No quería ponerme vestidos monos hechos a medida para todo aquel cuerpo perfecto de mujer, no quería tacones, tampoco peinarme con secador o plancha ni que mi pantalón y camiseta pegara de forma angelical. Todo eso se me quedaba grande, me preguntaba a veces si yo era el verdadero desastre o simplemente que era distinta. Claro, ahora lo entiendo todo.

Es una propaganda tan sutil que se mete en las entrañas, la comes, la masticas, la ingieres… Hasta que termina causándote indigestión. Esto no es para mí.

Quiero vivir con pelos, más pelos, pensé un día de verano durante mis estudios universitarios. Entonces, me di cuenta de que todo a mí alrededor había ejercido como una fuerza de opresión que me había hecho trizas. Es una propaganda tan sutil que se mete en las entrañas, la comes, la masticas, la ingieres… Hasta que termina causándote indigestión. Esto no es para mí. Me había dado cuenta de que desde que había nacido, la sociedad me había estado lanzado mensajes, preparándome para lo que iban a esperar de mí, que me convirtiera en esa mujer preciosa y perfecta, alguien que fuera todoterreno: que supiera cocinar, estar guapa, ser buena amante, madre, esposa, compañera, trabajadora… Y que encima llevara las cejas depiladas.

Realmente, me había decepcionado. Aquel día, un remolino de sentimientos me invadió todo el cuerpo, calentó mi alma y mi mente, me dio energías y fuerzas. Yo no, conmigo no. Así, empecé a fijarme en chicas universitarias que demostraban lo contrario, que no tenían miedo a llevar una estética diferente, arrolladora, innovadora, transgresiva, fuerte, rompedora… Y tantas cosas más que podríamos decir. Me inspiraban. Aquellas que les daba igual lo que pudieran pensar de ella, que derrochaban sexualidad en todas las direcciones, chico o chica, sin importarles qué fueran a decir a sus espaldas. Me convencieron, yo pertenecía a ese grupo, al grupo de los perros verdes.

Desde entonces, mi vida se ha basado en toda clase de decisiones como acción política y de lucha hacia la mujer. O al menos, lo intento cada día que pasa, sin dudarlo ni un segundo. No quiero ser una todoterreno, me rebelo ante esto y ante tantas cosas más como pueda, por mí y por todas las mujeres del mundo que sufren la opresión machista; porque existe, la hay, es tangible, es real.

Somos mujeres libres, libres como nosotras queramos serlo, mujeres sin pelos en la lengua pero con muchos en donde queramos tenerlos.

Sí, ¿y qué?

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