Historias de la Unión Soviética en la Siberia profunda, contadas por las hermanas Vasilievna

Un proyecto de Celia Asencio con la traducción de Lyudmila Skovpen

DSC01272Charla sobre presente y pasado, desde tradición siberiana hasta juventud y vida bajo la URSS.

Las hermanas Vasilievna nos abren las puertas de sus casas en el corazón de Siberia para contarnos cómo vivieron la Unión Soviética en la Rusia Oriental, un territorio misterioso, conocido como la tierra del castigo y exilio interior (los deportados de la Rusia occidental) para los que desobedecían al régimen comunista. Desde un asentamiento de dachas, la casa de madera rusa por excelencia, sin nada más allá que mantas, cacharros y huertos en mitad de un bosque de pino en el recóndito Krai siberiano de Krasnoyarsk, nos cuentan cómo vivieron sus vidas en el viejo imperio de la URSS.

Siberia es tan grande y profunda que abarca un territorio enorme y rico en naturaleza, etnias y tradiciones. Las temperaturas extremas de la inmensa región hacen que ésta se transforme en distintos paisajes y colores de forma radical de unos meses a otros. El largo invierno, que puede durar desde octubre hasta abril, desde menos sesenta hasta diez grados (según si vamos hacia el Norte o al Sur), adormecen hasta a las bestias de los lejanos valles, las que habitan en los lagos inaccesibles o en los bosques que nunca se exploraron. Sin embargo, estas extensiones de montañas de la Rusia Oriental se vuelven verdes y llenas de vida cuando asoma el verano y el calor. La gente comienza a colonizar todos los rincones posibles, a coger la vitamina que durante la hibernación no tuvieron; saludan al sol, horas y horas expuestos a él con tal de recibir toda la energía que les alimenta y les prepara para soportar la oscuridad del resto del año.

De esta forma, las familias abandonan las ciudades para introducirse en el corazón de la naturaleza siberiana, dejan de respirar el humo de las chimeneas que echan las fábricas durante todo el día para entrar en sintonía y conexión con los árboles, los pájaros, el viento, el aire puro y las montañas. Las dachas, que así se llaman las casas de madera, la construcción típica del lugar, son los refugios veraniegos para los siberianos. Ni agua corriente, ni grandes superficies donde comprar ni carreteras accesibles; un sitio donde tener electricidad es el mayor lujo que se puede aspirar, aunque, eso sí, todos disponen de huertos y hierbas ricas para el té. Así nos recibieron las hermanas Vasilievna, con las puertas abiertas de sus casas, dispuestas a contarnos sus historias de juventud y vida.

DSC01197
Saliendo del tren hacia el asentamiento de dachas,  por los caminos de la montaña boscosa

Antes que nada, hay que aclarar que Siberia cuenta con diferentes tipos de territorios administrativos: Krai, Óblast y República, territorios en los que la diferencia principal reside en el grado de dependencia del Estado. La República, a diferencia del Krai y del Óblast, tiene su propia Constitución y lengua oficial, aunque no poseen derecho de autodeterminación. Básicamente, un arreglo hecho en la época de la URSS para que los pueblos indígenas se sintieran parte del imperio soviético y no estuvieran desconformes con la rusificación de aquel entonces, ya que la industrialización les obligó a perder parte de sus identidades y territorios. En aquel entonces, Siberia no contaba ni con la mitad de las ciudades que hay hoy en día, era un territorio prácticamente despoblado.

Las hermanas Vasilievna nacieron en un pueblo del Sur del Krai de Krasnoyarsk, ubicado en el distrito de Siberia. Un pueblo de treinta y cinco mil habitantes, que para aquellos tiempos era más de lo que podían disfrutar otras comunidades. Nadezhda y Lyubov Vasilievna, así se llaman estas hermanas de setenta y seis y setenta y nueve años respectivamente: “yo soy Nadezhda, que en ruso significa esperanza, y mi hermana Lyubov, que significa amor. Mi madre quería que nuestros nombres transmitieran algo hermoso; de hecho, tenemos una hermana más mayor, aún viva, cuyo nombre es creencia”. Y sentadas en el porche de madera de la bania, la sauna rusa, con todo tipo de insectos revoloteando a nuestro alrededor comenzamos la charla.

“No necesitamos hospital estando aquí, este es nuestro sanatorio. Para nosotros, los rusos, este espacio de naturaleza es importantísimo. Nos sentimos en sintonía con el medio natural”

“Nosotras vivimos aquí desde mayo hasta octubre, es nuestra vía de escape de la ciudad. Hay una tienda muy pequeña aquí cerca, donde la mayoría de las veces tenemos que encargar cosas porque aquí no las encontramos. Por lo demás, nos abastecemos con la huerta y con un granjero que pasa dos veces en semana y vende los productos lácteos que consigue de su granja”, comentan las hermanas. Y es que cada familia posee su dacha, una casita de madera pequeña y acogedora, con no más de tres habitaciones en la mayoría de los casos, cacharros viejos, alfombras en los suelos para evitar la humedad del verdín, agua de lluvia para fregar y ducharse acumulada en una alberca, un pozo seco para el baño (y si lo tienen), huertos de distintas clases y agua de montaña para beber. El mayor lujo que tienen: luz eléctrica. “No necesitamos hospital estando aquí, este es nuestro sanatorio. Para nosotros, los rusos, este espacio de naturaleza es importantísimo. Nos sentimos en sintonía con el medio natural, para mí los árboles son auténticos seres vivos, hablo con ellos”, explica Lyubov. En el ambiente, un halo de espiritualidad se palpaba a lo lejos, todo se combinaba como si se tratara de un puzle bien hecho: el sol, los colores, el canto de los pájaros, los mosquitos, las flores y las abejas… “Aquí la cooperación es lo más importante. Todos somos amigos, los vecinos nos ayudamos entre nosotros, nos reunimos muchas veces para cenar. Cada uno aporta lo que tiene, y si alguien va a la ciudad te trae lo que necesites”, cuenta la hermana más joven,

DSC01233
Nadehzda en la puerta de su dacha

Las ciudades, desde la época de la industrialización soviética, cuentan con numerosas fábricas por toda la ciudad, dentro y fuera. La contaminación, que es un grave problema que tienen los ciudadanos, además de que los siberianos son seres que necesitan de sus valles, de su estepa y de sus bosques, los arrastra a las montañas como retiro fundamental del ajetreo incesante que viven en las zonas urbanas. Para llegar a estos parajes, hay que coger el tren, un tren lento y viejo que no supera los cuarenta kilómetros por hora. Cada uno lleva su bolsita de plástico de cuadros o mochilas viejas, todos dispuestos a coger plantas y ver cómo va el huerto. Pañuelos en la cabeza y chancletas combinados con calcetines. “Aquí lo tenemos todo. La bania para relajarnos, lectura y tranquilidad”. La bania es la sauna rusa de tradición, con la diferencia de que son construcciones que habitan en mitad de la naturaleza y el calor se consigue vertiendo agua sobre piedras calientes. Invierno o verano, no importa la estación. “Vamos, vamos. Os vamos a enseñar la dacha por dentro. Así vivimos, no queremos más”, decía la mayor mientras entrábamos en la casita. Dos cuartos, una pequeña cocinita, alfombras en los suelos, cacharros de metal, mantas para los colchones, flores para adornar y una pechka, una especie de chimenea de piedra pequeña que calienta toda la casa y sirve para cocinar en olla si se pone sobre ella, de esta forma el guiso está asegurado.

“Llevamos muchos años viniendo aquí, con la pensión que tenemos, que no es mucha, y la naturaleza, no hace falta más. Llevamos toda la vida trabajando y ahora no lo cambiaríamos por nada del mundo, no volveríamos a ninguna época. Me quedo donde estoy”, cuenta Nadezhda. Y entre risas y sonrisas, continúa: “Yo ya he trabajado todo lo que había que trabajar. Primero fui maestra, durante diez años me dediqué a la enseñanza, pero cobraba muy poco y decidí estudiar farmacia, aunque nunca la ejercí porque el sueldo era inferior incluso que el de profesora. Al final, acabé trabajando veinte años en una fábrica textil, yo era pintora, hacía los carteles publicitarios”. Y es que según las hermanas, el colegio era obligatorio hasta los dieciséis años; al terminar,  aquel que quería podía elegir qué estudiar, con el propósito de que todo el mundo tuviera un puesto que desarrollar en la fábrica. En otras palabras, había un acuerdo no escrito con el Estado, educación pública y gratuita a cambio de que esa productividad sirviera al país, estaba pensado para que las fábricas pudieran dar puestos de trabajo. “Yo, sin embargo, estudié la diplomatura de contabilidad, luego me pasé toda la vida trabajando en una fábrica como contable”, explica Lyubov.

DSC01255
Lyubov durante la entrevista

Y es que antes de la Revolución, Rusia contaba con altos índices de analfabetismo, un 78% de la población era analfabeta, cuestión que le preocupaba bastante al régimen soviético: “Todo el mundo sabía leer, de hecho era muy importante la cultura. En la fábrica podías conseguir periódicos o revistas, las que aprobaba el gobierno, claro, incluso podías pedir algún número si no lo tenían. También podíamos comprar allí mismo las entradas para la ópera o el ballet”, dice Nadezhda. Una evolución que permitió al pueblo ruso desarrollarse y enfrentarse al atraso con el que comenzaron el siglo XX. “Claro que si hablamos de libertad, la cosa cambia. No se podía decir nada malo, ni una palabra, te llevaban preso enseguida como metieras la pata. No había libertad de expresión”, aclara Lyubov. Según el libro Archipiélago Gulag, del autor Aleksandr Solzhenitsyn, libro que estuvo censurado durante la época de la URSS, los bolcheviques eliminaron las instituciones que se cuajaron antes de la Revolución, incluso persiguieron a fuerzas de la propia izquierda que antes habían comulgado con ellos. El castigo solía ser la deportación al exilio interior, es decir, a la fría y lejana Siberia, aunque esto ya venía de la época imperial. El propio Lenin estuvo encerrado en Siberia, condenado a exilio interior por mandato del Zar, o la revolucionaria Mariya Spiridónova, entre otros, del Partido Social Revolucionario de Izquierdas a principios del siglo XX, una figura olvidada, fusilada por los bolcheviques después de haber sido socios en la Revolución de Octubre, deportada durante el régimen zarista y durante la URSS a Siberia, a las cárceles más aisladas, donde enfermó varias veces de gravedad. Las hermanas llevaron, sin embargo, una vida tranquila: “Nosotras íbamos a lo nuestro, nuestro trabajo, nuestra familia. No hemos tenido nunca miedo porque no nos metimos nunca en problemas”, matizan.

“Todavía me acuerdo caminando a menos cincuenta cuando era una niña. Entonces los niños íbamos al colegio pese a que hiciera un frío infernal. Éramos duros”

“Nosotras hemos sido felices. Somos de descendencia siberiana, vivíamos en una casa de piedra en el pueblo. Teníamos hasta ganado, no pasábamos hambre, tuvimos una infancia feliz”, cuentan las dos hermanas entre miradas cómplices y con mucha emoción de recordar el pasado. Con el álbum de fotografías en blanco y negro en la mano, Lyubov sigue describiendo: “Nos criaron sin religión, aunque somos creyentes. La del pañuelo en la cabeza es nuestra madre. Era una mujer fuerte”, señala. Una señora robusta aparece en escena en mitad de la foto, entre sus hijas, con mirada directa y con una postura de protección a los suyos. A lo que añade mientras habla de aquellos recuerdos: “Todavía me acuerdo caminando a menos cincuenta cuando era una niña. Entonces los niños íbamos al colegio pese a que hiciera un frío infernal. Éramos duros, no importaba cuántos grados hiciera. Ahora ya no se llegan a esas temperaturas, las mínimas desde hace años son menos treinta y cinco o en ocasiones menos cuarenta. Nosotras echamos de menos aquellos inviernos, lo que ocurre hoy no es nuestra Rusia”.

DSC01258
Todas las hermanas Vasilievna junto a su madre (vestida con pañuelo y falda de cuadros)

A la pregunta de la liberación de la mujer en aquella época, Nadezhda responde decidida: “No tuvimos obstáculos en el trabajo, siendo mujer podías aspirar a ser jefa. Aunque claro, por otra parte a nosotras nos inculcaron unos valores muy tradicionales, no había liberación en ese sentido, todas estábamos predispuestas a casarnos y a enfocar nuestra vida a la familia y al trabajo”. Las hermanas explican que la sociedad las presionaba a contraer matrimonio, a lo que Lyubov matiza: “Si te quedabas soltera después de los veinticuatro años, todo el mundo decía que se te había pasado el arroz, la presión era muy grande”. Curiosamente, en la actualidad, aunque las cosas han evolucionado y la mentalidad es más moderna, las chicas siguen sintiendo de una forma u otra que deben casarse temprano para no quedarse solas y perder la oportunidad de encontrar a un hombre, que según Lyudmila, estudiante rusa, graduada en lingüística española y francesa y traductora de este proyecto, “se debe a que, desde la IIGM, en Rusia hay muchas más mujeres que hombres, por lo que domina aún esta obsesión”. Algo que se ha mitificado hasta hoy. Pareciese como si aquella lucha feminista que se propagaba de una forma u otra en la Unión Soviética se hubiera paralizado para siempre, carteles sexistas, donde la mujer es el centro de la publicidad, promocione lo que se promocione, y tantas cosas más, como, por ejemplo, que un hombre tenga que dejar paso primero a la mujer o que lo normal sea que los hombres paguen en los restaurantes. Una concepción muy arraigada en estos momentos en la sociedad, se ve y se palpa en cada sitio de Rusia. Aunque las hermanas Vasilievna no lo miran desde ese punto de vista, según sus experiencias de vida, “ahora hay una libertad en todos los sentidos que ellas no han disfrutado”. Nadezhda, con su sonrisa, lanza una proclama que escribió un día de verano, mientras miraba al cielo en aquel paraíso siberiano: “Sé feliz en este mundo de llantos y de sueños, sé feliz en este mundo, no importa lo que pase”.

A continuación, vemos el reportaje fotográfico de la entrevista

DSC01334
Uno de los huertos de la casa
DSC01327
Cocina de la dacha
DSC01326
Pequeño cuarto de la dacha
DSC01323
Lyubov en su cocina
DSC01315
Lyubov dirigiéndose hacia el interior de la dacha
DSC01314
Nadezhda en su huerto
DSC01303
Nadezhda señalando su huerto de pepinos
DSC01299
Huerto de tomate
DSC01294
Ropa tendida en mitad de las flores
DSC01288
Alberca o poza de metal que recoge el agua de la lluvia
DSC01284
Las hermanas en la mesita de fuera regando las flores
DSC01279
Fregadero de las hermanas
DSC01278
Nadezhda explicando para qué utilizan cada cosa
DSC01269
Uno de los huertos de las hermanas
DSC01239
Cocina eléctrica en el interior de la casa
DSC01238
Uno de los cuartos de la dacha
DSC01226
Dacha fotografiada desde fuera
DSC01199
Tras las cortinas de la cocina

 

1 comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s