Crónicas de Rusia. Parte I, primeras sensaciones y dilemas

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Hace ya algunos meses que llegué a esta tierra extranjera, esta tierra lejana, esta tierra exótica, esta tierra inmensa, esta tierra que se te clava en el corazón, que se te mete en las entrañas y que, a la vez, se te atraviesa porque es desconocida, porque no es tu estilo de vida, porque hay infinitas cosas que no entiendes y que, por supuesto, desearías entender. Una tierra que ha sido y sigue siendo gran parte del foco de atención internacional, que es incontrolable, que linda con una lista de países del mundo y que tiene una historia tan fascinante como trágica.

Todo eso, sí, es Rusia.

Me acuerdo del primer día, de cuando llegué al aeropuerto de Moscú y vi a los policías rusos del control de pasaportes, todos con mirada seria, tajante, intentando ver alguna irregularidad entre la documentación que llevaba, mientras una cola de gente esperaba detrás. Me acuerdo de que me pareció una primera toma de contacto fría, que me sentía sola ante aquellos grandes carteles en cirílico y que estaba completamente perdida en aquel mar de transeúntes. Esa mañana, todo me pesaba, apenas había pegado ojo la noche anterior y debía aún coger un metro para poder llegar al hostal. Buena suerte la mía, que iba con una compañera de viaje inolvidable, de Cádiz, con un arte que no se podía aguantar (como dicen en mi tierra) y que entre tanta oscuridad de las nubes, me ponía el arcoíris.

Me di cuenta enseguida de lo teñido de gris que estaba Rusia, con esos edificios de corte soviético, sobrios, sin más que añadir; con unas calles infinitas, donde no pasan desapercibidos esos cables larguísimos

Me di cuenta enseguida de lo teñido de gris que estaba Rusia, con esos edificios de corte soviético, sobrios, sin más que añadir; con unas calles infinitas, donde no pasan desapercibidos esos cables larguísimos que cuelgan de unas farolas antiquísimas, y con esas largas avenidas, que son interminables y que tienes que mirar el mapa veinte veces para poder situarte bien. Estaba en Moscú, claro. Estaba resucitando después de un viaje largo, el primer paseo que me daba por la capital. Tengo que decir que fue un flechazo lo que sentí, una especie de amor-odio, donde me ganó el amor. A partir de ahí, todo comenzó. Hasta hoy y hasta aquí, donde estoy, en Siberia.

Todo es tan distinto… Que no hay palabras para describirlo, no desde luego como lo ven mis ojos y lo sienten mis sentidos, valga la redundancia. Así, Rusia, se extiende entre mares, entre regiones, entre culturas, entre tradiciones, supersticiones varias también, y entre una infinidad de cosas que podríamos decir hasta mañana. Es extraño, pues de Rusia todo el mundo habla pero nadie sabe nada, nada más que lo típico, me incluyo (o me incluía), hasta que llegué aquí. Y entonces, empecé a comprender muchas cosas que desde la lejanía es imposible recibir, palpar, comprender y reflexionar.

Es un pueblo que aún muestra su dolor, su sufrimiento, pero no de forma explícita, sino de otra manera: con sus miradas, con sus gestos, sus expresiones y su estilo de vida. Es una cultura muy alejada de la nuestra, más siendo andaluza, claro, poco callejera, de interior, donde los contrastes de temperaturas son inenarrables, radicales y extremos.

Vuelvo al principio. Belén (mi compañera de aventuras) y yo, después de Moscú, decidimos montarnos en un tren hacia Rostov, ya que era nuestro destino. No podré olvidar jamás la forma en que llegamos a la estación, cargadas de bártulos, buscando el tren, abriéndonos paso entre la multitud. ¡Lo encontramos!, dije. Observamos que el tren no tenía fin, que debíamos encontrar nuestro vagón y que mis brazos ya no podían sujetar tanto peso. Caí en la cuenta de que nuestros billetes eran tercera clase y que nuestros números de asiento eran de los del final. Aún así llegamos, ¡por fin!, pensé deseosa. Literas, jaleo, cacharros, gente, mucha gente y unos pasillos con moqueta. Busqué mi cama, pero en su lugar sólo vi una mesita al lado de la ventanilla, hasta que un buen señor, sin poder comunicarme con él, sólo por lo que le pudo transmitir mi gesto extrañado, le dio la vuelta a la mesa y la convirtió en cama. Ahí estaba, era todo lo que necesitaba saber, aunque en ese momento no daba crédito a lo sucedido, necesitaba pararme y entender dónde estaba y cómo funcionaban las cosas en aquel sitio lejano.

Quizás, lo que más me sigue doliendo ( y realmente sin el quizás) son los abuelitos y las abuelitas de la calle, trabajando horas y horas al precio que sea, ahí, de pie como estatuas, a pesar del frío y de lo que venga.

Diecinueve horas. Todo marchó: dormí, bebí té, leí y hasta me eché unas risas con Belén. Observé el sentimiento de cooperación que había en el vagón, las abuelitas te ofrecían fruta y los niños correteaban de un lado a otro. Me gustó, especialmente cuando a las siete de la mañana pude observar el paisaje de aquellos pueblos rusos, olvidados, perdidos, casi caucásicos. Estábamos llegando, el río Don casi se olía desde allí. Desde Rostov hasta aquí, mi adaptación es cada vez mayor, aunque no del todo, como buena extranjera que soy. He aprendido a sobrellevar el control férreo en las residencias estatales, en no sentirme ofendida cuando las abuelas que trabajan en la portería o la comandanta (directora) te trata como una cría, a lidiar con el tráfico maloliente de las ciudades y con los boquetes de las aceras, así como también a apreciar sus sopas, su naturaleza, su historia y su enorme hospitalidad.  A ver el gran corazón que tienen a pesar de la carcasa seria autoimpuesta, a apreciar el calor que te dan, aunque no sea de la misma forma en la que nosotros lo mostramos.

Quizás, lo que más me sigue doliendo (y realmente sin el quizás) son los abuelitos y las abuelitas de la calle, trabajando horas y horas al precio que sea, ahí, de pie como estatuas, a pesar del frío y de lo que venga. La pensión no es suficiente, y vivir hay que seguir viviendo, que se lo cuenten a ellos y a ellas. Me encantaría poder decirles muchas cosas, pero mi pobre ruso no me lo permite, algún día podré, al menos, hacerles ese día más encantador.

Tampoco llevo bien esos carteles publicitarios donde la mujer es el centro, pareciese como si fuera el producto, la mercancía a vender al mejor postor. Me duele y me hiere, sufro por todas las mujeres y se queda en mi memoria como algo desolador. Después de todo, de esa lucha feminista que hubo tiempo atrás, se escapa de cualquier razonamiento que, a día de hoy, se pueda ver semejante publicidad en las calles de Rusia. La cosa es que está, y las chicas tienen muy interiorizados y arraigados este tipo de comportamientos sociales. Nadie lo percibe, simplemente es normal.

Como primera parte de una serie de crónicas que continuaré, me paro aquí, puesto que esto es largo de contar, y las cosas tienen sus tiempos y sus capítulos. Como la vida misma.

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