La riqueza cultural no se vende

DSC00393

Por Belén Bustamante

Rusia, ese país dónde Asia, América y Europa se dan la mano. Un país que alberga un sinfín de identidades culturales, aunque desafortunadamente muchas de ellas parecen tener los días contados. La historia ha dejado atrás a muchos grupos étnicos en el vasto territorio ruso, así como en muchos otros países gobernados por y para el progreso financiero. Por este motivo, llevo ya unos meses dedicándome a intentar propagar la conciencia social sobre el asunto indígena, en especial, en el territorio de la Federación Rusa. Agradecida, no podía dejar pasar la oportunidad que me brinda mi buena amiga en este espacio virtual para hablar acerca de esta cuestión tan poco trivial en un país lleno de contradicciones.

Empecemos por el principio. Mucha gente se pregunta, pero ¿qué abarca exactamente el término de comunidades indígenas? ¿Son tribus? ¿Aborígenes? ¿Indios? Si algo he aprendido durante estos meses de estudio es que no hay una definición cerrada y universal para catalogar a las poblaciones indígenas, porque si la hubiera, precisamente, actuaría de forma restrictiva, en lugar de comprensiva con la diversidad cultural global, cometiéndose así un tremendo error. Puede sonar confuso, pero si me dan un momento intentaré aclararlo con un ejemplo práctico.

Hoy en día, existen varias definiciones internacionalmente defendidas para arrojar luz a este asunto, todas ellas destacan por la naturaleza integradora de sus preceptos y por la lucha contra la asimilación cultural de las diferentes etnias. La Organización Internacional del Trabajo – OIT –  fue pionera en materia de legislación indígena. De hecho, para los interesados en el tema, recomiendo echar un vistazo a la diferencia sustancial entre los dos Convenios emanados por dicha institución. Así, podréis apreciar cómo, con el paso de los años, la legislación ha ido desarrollándose en favor de posturas integradoras y no asimilacionistas, lo que se traduce en una protección más efectiva de la identidad cultural de dichas poblaciones. (Véase en primer lugar el Convenio  107 de la OIT promulgado en 1957 y, posteriormente, el C- 169 difundido en 1989. Mientras que en el primero se hace referencia al estilo de vida indígena como “poco avanzado o subdesarrollado” y se busca la adaptación a las nuevas condiciones de vida y trabajo poscoloniales, el segundo aboga por la tolerancia y el mantenimiento de la identidad étnica de las comunidades).

También, resultan populares entre los estudiosos de la materia las definiciones que encontramos en las publicaciones de los relatores especiales de las NNUU en asuntos indígenas (cabe destacar la de Martínez-Cobo). Sin embargo, mi predilecta es la forma en que la Constitución mexicana de 1917 describe a los pueblos indígenas en su artículo segundo: “son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas. La conciencia de su identidad indígena deberá ser criterio fundamental para determinar a quiénes se aplican las disposiciones sobre pueblos indígenas.”

Fuentes oficiales cifran en alrededor de 100 comunidades indígenas identificadas en Rusia, de las cuales tan sólo 40 han sido reconocidas

Al igual que en México, en Rusia existen multitud de comunidades indígenas, no obstante, el trato de cada uno de estos países hacia sus aborígenes difieren en su naturaleza. Fuentes oficiales cifran en alrededor de 100 comunidades indígenas identificadas en Rusia (por razones obvias carezco de información sobre las cifras reales, es decir, aquellas que incluyen comunidades completamente aisladas) de las cuales tan sólo 40 han sido reconocidas legalmente como “pueblos indígenas minoritarios del Norte, Siberia y el Lejano Oriente” (коренных малочисленных народов). Si prestamos atención a la forma que tiene la legislación rusa de denominar a estas comunidades, encontraremos la primera pista que nos permite entender prima facie la exclusión que sufren. ¿En qué cabeza cabe que el Gobierno comience a elaborar una normativa que pretende ofrecer amparo legal a las poblaciones aborígenes estableciendo restricciones tanto numéricas como geográficas? Como consecuencia, las restantes 60 comunidades indígenas no reconocidas legalmente en Rusia se encuentran totalmente desamparadas por culpa de una legislación exclusiva y restrictiva, que no busca la protección efectiva de los aborígenes sino el control exhaustivo de las mismas.

No digo que a nivel regional, o local, estas comunidades no amparadas por la Constitución carezcan de protección legal, ya que Rusia tiene una organización territorial particular que permite a sus autonomías hacer y deshacer leyes locales a su antojo. Pero sólo invito a reflexionar: si el máximo exponente de la legislación rusa, su Constitución, establece restricciones numéricas o geográficas en las garantías legales de los indígenas, lo que sucede es que la protección de las poblaciones que no están incluidas en el precepto legal se deja a merced de la voluntad – o arbitrariedad – de las autoridades locales.

La idea fundamental que quiero plasmar en estas líneas es la importancia de algo que puede parecer irrelevante cómo es la definición legal de “población indígena” en cada ordenamiento jurídico, pero que, sin embargo, tiene una gran trascendencia a la hora de garantizar una protección efectiva a este débil colectivo. Así vemos como en el caso de Rusia la definición recogida en su legislación sirve como origen del trato discriminatorio hacia sus aborígenes. México y Rusia, dos formas diferentes de tratar a sus ancestros. Mientras que un país aboga por una postura inclusiva y tolerante, el otro excluye y discrimina.

Y yo me pregunto: ¿Por qué? Para entender este trato degradante, debemos, de forma breve, viajar por la historia del país. Desde que Siberia fue colonizada en el siglo XVI, se ha llevado a cabo un proceso de asimilación cultural que consistía en evangelizar a la población autóctona, imponerles su lenguaje y, de camino, saquear sus recursos, en definitiva el denominador común de toda potencia colonizadora. La situación apenas cambió con el fin del régimen zarista, por suerte o por desgracia las revoluciones sociales no beneficiaron a los indígenas de Siberia, cuyas tierras ancestrales sufrieron aún más por el crecimiento industrial cuando se impulsó la descentralización de la producción, antes concentrada en la zona occidental de Rusia.

Desde Moscú no se protege a los ancestros de las regiones de Siberia, Lejano Oriente, Norte y Cáucaso, por el simple hecho de que no se sienten identificados con ellos

Desde Moscú no se protege a los ancestros de las regiones de Siberia, Lejano Oriente, Norte y Cáucaso, por el simple hecho de que no se sienten identificados con ellos. Tras la ruptura de la Unión Soviética, el Kremlin lleva años trabajando en la restauración de la identidad nacional rusa, predicando esos valores tradicionales de tendencia conservadora, el cristianismo ortodoxo, los roles tradicionales de cada género, etc. A consecuencia de ello, entiendo que en el escenario que se nos plantea resulta fundamental luchar por los derechos de las minorías que están siendo catalogadas como opuestas a los intereses tradicionales rusos por ir en contra de lo que aquí denominan “identidad rusa”.

El escenario del que hablo podría resumirse en la tragedia que supone la falta de conciencia de todas esas empresas privadas y públicas que siguen forzando la desaparición de las comunidades indígenas, poniendo sus zarpas sobre los recursos naturales del país sin importarles arrasar con tantos asentamientos indígenas como encuentren en su camino. Somos necios, somos cínicos. ¿Os imagináis las infinitas posibilidades que se nos brinda en materia de protección del medio ambiente si aprovecháramos el vínculo o simbiosis que une a estas comunidades con la naturaleza? Ahora que tan preocupados nos tiene que el Acuerdo de París parece tambalearse y que, irónicamente, Rusia se jacta de formar parte del mismo. Es sencillo ver la paja en el ojo ajeno.

¿Acaso no sería de gran utilidad colaborar con comunidades aborígenes, cuyos ancestros han sabido cuidar dichas tierras, vivir de ellas y para ellas, y así encontrar soluciones efectivas a los problemas ambientales que estamos afrontando? Supongo que es demasiado idílico el dibujo que estamos esbozando, no está al alcance de muchos. Parece una utopía alcanzar esa delicada sensibilidad que se necesita para comprender la relación de dependencia de las comunidades aborígenes con la naturaleza, algo sumamente difícil de alcanzar en esta sociedad banal que nos rodea. Sus conocimientos son continuamente subestimados, sus costumbres infravaloradas y sus derechos violados.

Antes de despedirme quería incidir en que las comunidades indígenas de Rusia se encuentran en serio peligro de extinción dada su permeabilidad, su debilidad en el orden político. Si los responsables, siendo conscientes de este hecho, continúan su proceso de asimilación cultural mediante el sometimiento al que están siendo expuestos los aborígenes en particular y las minorías étnicas rusas en general, Rusia tiene mucho que perder y poco que ganar. ¡La riqueza cultural no se vende!

 

Belén Bustamante, gaditana y con un salero de muerte, graduada en Derecho y con un máster en Cultura de Paz, Conflictos, Educación y Derechos Humanos, es una mente inquieta que aboga por un mundo más justo y especialista en entender la raíz de los problemas.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s